Este año cervantino en que nos encontramos está cerrando progresivamente el telón con más desilusiones y desentidimientos que entusiasmos. Sobrevuela una resignación generalizada ante la insuficiente labor emprendida en el aniversario del escritor español más universal, una oportunidad única que no se volverá a repetir hasta dentro de un siglo, según se dice.

Los argumentos esgrimidos coinciden al apuntar a los mismos blancos. Parece lógico que se atribuya el mayor grado de responsabilidad a las instituciones públicas, empezando por el propio Gobierno y siguiendo por los diferentes partidos, sin hacer distinciones según las siglas, pues entre una derecha indiferente y una izquierda hipócrita anda el juego. Pero también se ejerce una profunda autocrítica en el ámbito universitario, desde las autoridades académicas hasta los propios alumnos, al tener estos, en principio, el deber de nutrir y fomentar la cultura.

Existe una tercera vía en la búsqueda de culpables. Aunque más solapadamente, se percibe cierta desesperación al contemplar la divergencia de caminos que sin duda ha tomado la sociedad española desde hace algunas décadas: el sendero marcado por los intelectuales y los artistas es estrecho, pero no tanto como para que masas ingentes de españoles se decanten por otros espectáculos del gusto de Gran Hermano El chiringuito.

Seguramente, constituya este punto la mayor de las batallas, pues los invisibles beneficios de la cultura están pensados concretamente para la ciudadanía, y esta tampoco responde a las expectativas. Ahora bien, no se puede obviar que al hacer este tipo de afirmaciones estamos incurriendo en un paternalismo ilustrado: el problema que en este artículo se trata resulta ser la preocupación de una minoría, puesto que el sector académico, los gestores culturales y las revistas literarias, a los que pertenecemos, son, por desgracia, entidades con un peso social escaso, por no decir, nimio. Para colmo, a vista de pájaro de la sociología, parece sobradamente probada la reticencia de dicha ciudadanía a participar en rituales de conmemoración de índole artística, como si estos eventos pecaran de la sacralidad que evoca prácticas de otras instituciones milenarias y de edades pretéritas; en cualquier caso, supone una reminiscencia abominable a los ojos del pueblo, ateo de toda espiritualidad. Se ha producido, por tanto, una coyuntura incuestionable: o bien existe un problema de gran calado o bien asistimos a un cambio de paradigma cada día más tangible.

Las soluciones, incluso cuando se es consciente de estas problemáticas, estaban y están, sin embargo, enfrentadas entre sí tanto o más que esos diversos sectores de la sociedad ya aludidos; es decir, que nada más comenzar el análisis de la situación, nosotros mismos no nos ponemos de acuerdo. Algunos señalan que se han articulado dos extremos a la hora de emprender una solución: por un lado, se encuentran aquellos que entienden necesario ofrecer el grueso de la cultura con toda su contundencia natural porque tácita o explícitamente demandan a la población, si no un nivel sociocultural alto, al menos sí un interés y una inquietud por productos considerados prestigiosos social e históricamente; frente a ellos, se posicionan los que proponen rebajar dicha contundencia, a fin de facilitar la accesibilidad a unas obras que, tanto por razones contextuales como lingüísticas, se han transmutado en el imaginario en mamotretos infumables.

¿Acaso los primeros exigen a las autoridades competentes mayor inversión y los segundos aplauden las adaptaciones del texto cervantino al castellano moderno? Más bien coexiste un gran número de posturas intermedias y eclécticas.

Si es un hecho que el giro visual ha trastocado nuestra manera de percibir el mundo dificultando, generación a generación, la capacidad de atención oral y convirtiendo la historia canónica de la literatura en una cordillera imposible de escalar para los neófitos en la materia, no es menos cierto que debemos resistirnos a pensar que obras como El Quijote hayan dejado de contener y salvaguardar herramientas útiles, empezando por la búsqueda del diálogo y la capacidad de concebir el mundo desde la ironía. Si el modo de acercar el universo cervantino a un adolescente es a través de los videojuegos o los «hashtag» y al público menos iniciado a través de documentales o exposiciones donde predomine el medio audiovisual, no debe darse por perdida la batalla en el ejercicio de la lectura, porque esta continúa siendo una vía genuina de conocimiento. Si bien muchas instituciones han actuado de manera hipócrita, se han lucrado a costa de la cultura o la han dirigido hacia el terreno inalcanzable de la mística, ello no significa que la con-memoración, es decir, el recuerdo conjunto de un hecho insigne, continúe significando un gran proyecto para cualquier sociedad. El reto exige tantas de nuestras fuerzas que la búsqueda de culpables se convierte en una tarea en la que nos fatigamos sin necesidad. 2017, el año cuatrocientos uno después de Cervantes, no será menos especial para celebrar sus virtudes y aportaciones aunque el mundo haya cambiado. Así es lo universal.