Buena parte de mis artículos se sostienen sobre la premisa de que la cultura y, en general, el arte poseen una importante carga política, incluso cuando no sea evidente. Lo que podemos llamar «la cultura de masas» trae consigo un discurso ideológico que usualmente el espectador prefiere pasar por alto. Asimismo, lo que muchas veces mueve las dinámicas de esta parte de la producción creativa son fuerzas económicas que, aunque suelen ser más explícitas —medimos el éxito de una película por las ventas en taquillas, por ejemplo—, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre sus implicaciones. Esto puede aplicarse, también, al mundo de la «alta cultura», pero abordemos un problema a la vez.

En resumen, existe una relación entre la producción de la cultura y las dinámicas del poder que muchos prefieren ignorar. No existen productos ingenuos. En consecuencia, las líneas que separan el ámbito político y el del entretenimiento son borrosas, aunque se ponga un empeño gigantesco en distanciar uno del otro.

Sin embargo, hay momentos en los que la superposición de estos dos ámbitos se hace evidente; las elecciones norteamericanas son un excelente ejemplo de esto. No solo porque es común que la élite de Hollywood se involucre con uno de los procesos centrales de la democracia moderna —este años no ha sido la excepción—, sino porque tenemos un candidato que saltó de un terreno al otro sin pensárselo dos veces.

Esta es la razón que me ha llevado a escribir dos artículos sobre el tema y, aunque pensaba no abordarlo una tercera vez, el reciente escándalo en el que se ha visto atrapado el candidato republicano, me hace volver sobre el asunto.

Pero no quiero detenerme sobre la cuestión sexista, que ha sido el centro de la polémica y que ha llevado a distintos miembros del partido a retirar su apoyo a Trump. Lo cierto es que esta no es la primera vez que el candidato nos deja ver su discurso discriminatorio —con las mujeres, con los inmigrantes, con cualquiera que no piense como él. Que este vídeo haya salido los días previos al segundo debate presidencial y un mes antes de las elecciones, y que haya sido la gota que derramó el vaso de los conservadores, nos puede llevar a pensar —con el peligro de caer en teorías conspiratorias sin fundamento— en una estrategia política cuidadosamente ejecutada.

No es que los comentarios sexistas no deban ser reprochados, o que la reacción de los conservadores resulte incorrecta, lo que resulta risible es que les haya tomado tanto tiempo llegar al punto de no-retorno. Después de todo, quiero remarcar, esta no es la primera vez que el candidato hace un comentario de este tipo.

Pero lo que realmente llama mi atención es la manera en que el vídeo saca a relucir otro hecho que, aunque funciona en un nivel más sutil, resulta incluso más preocupante: Trump afirma que su estatus de celebridad le da luz verde para hacer lo que quiera a las mujeres que conoce, incluso si acaba de conocerlas. En esa idea se sintetiza el juego de poder que funciona por detrás de la sociedad norteamericana, y de buena parte de Occidente. Las desigualdades en una sociedad se estructuran, sobre todo, a través de las relaciones económicas y el poder que estas implican. Es cierto lo que dice Bakunin: la existencia del Estado trae implícita una división de clases sostenida por la relación de poder. No en vano se habla de «clase política». De la misma manera, el poder económico implica una estratificación que, sin embargo, no suele ser condenada y que genera relaciones nocivas como la que se hizo palpable en el vídeo de Trump.

Dicho en pocas palabras, es probable que él no sea el único en la élite de Hollywood que piense de esa manera. Probablemente no es, ni siquiera, el único en decirlo tras bastidores. Pero, al convertirse en un candidato a la presidencia, pasó a la parte del terreno en la cual no se pueden aceptar ese tipo de indiscreciones, pues hacen explícitas dinámicas del poder que la sociedad occidental prefiere mantener ocultas.