Cuando pensaba en mudarme, para seguir estudiando, había tomado la decisión de que me gustaría continuar escribiendo en mi primer idioma por unos años, y al mismo tiempo estar en Europa. Eso redujo mis opciones a España, y me trajo, por otras razones —más largas de contar—, a Madrid. En ese momento no era consciente de que igualmente viviría transformaciones en mi manera de hablar. En un principio me resultaba difícil escuchar lo que decían algunas personas, comprender la forma en la que estructuraban sus frases; luego, a ellos les pasaba lo mismo conmigo; luego, tenía que acomodar algunas de mis expresiones y palabras, para no tener que explicarlas una y otra vez.

Madrid es, en comparación con Caracas, muy globalizada y pluricultural. Desde el comienzo conocí personas de distintas partes del mundo que buscaban, como yo, una (su) forma de hablar en español, con mayor o menor soltura. Mi lenguaje hablado también se adaptaba a ellos, mis expresiones cambiaban como si estuviese en otro país, con otra lengua, reprendiendo basado en lo que ya conocía. Veo esto como algo positivo: en este encuentro de culturas, en nuestra manera de hablar y de expresarnos, yace una parte consistente de nuestra identidad, y esta cambia con nuestras circunstancias.

Otras lenguas, por extensión, sumaban a mi cotidianidad nuevas palabras, expresiones y formas. Mi español convivía con esta mezcolanza. Existe, para mí, algo muy interesante en los acentos que nacen de la suma de múltiples intercambios y experiencias: crean nuevas imágenes, expresiones y posibilidades constantemente. El lenguaje se altera dependiendo de si compartes con amigos griegos, portugueses, venezolanos o chinos. El lenguaje personal es constituido en base a estas relaciones, y ellas revelan, para el oyente atento, señales geográficas e individuales, elecciones más libres y, al mismo tiempo, más conscientes de sus limitaciones.

Después de varios años en Madrid —y sin percatarme de ello, mientras sucedía— me di cuenta de que los venezolanos me decían, con mayor o menor gracia, que no tenía acento de Venezuela, que no hablaba como caraqueño. He de reconocer que mi acento y mis expresiones no pertenecen ya únicamente a un lugar. Utilizo giros españoles o venezolanos, o griegos o italianos, dependiendo de con quién esté conversando; hablo más rápido o más lento, encuentro unas palabras u otras, y ahí está la riqueza de ser desplazado en cuerpo y lenguaje. Solo que esto no es siempre consciente. En ocasiones, el lenguaje revela más de nosotros de lo que hemos pensado. La palabra hablada cambia, se modifica, se articula en relación con distintas expresiones y repeticiones sin que uno se dé cuenta. Y el lenguaje es desplazado, deformado, reformado con estas nuevas inclusiones que son (o se vuelven), eminentemente, personales.

Las diferencias resultan cada vez más obvias, cada vez más reconocibles. Hay palabras con las que creciste y que existen «en América», como afirma el DRAE en ocasiones, o «en Venezuela». Variedades dialectales. ¿Cómo saber que no son correctas en otro lugar, sin haber vivido ahí, habiendo conversado siempre de la misma manera? ¿Qué implica que sean correctas aquí y no allá, o viceversa? Para resolver estas dudas hemos de descubrir otras voces, ritmos y estructuras, encontrar y pasearnos por otros jardines de lenguaje, disfrutar de sus diferencias. Un especialista en literatura se equivoca, dicen, no puede ser. Y es que la clave radica en que, quizás precisamente por eso, se disfruta siempre del lenguaje y sus diferencias.

Sé que no es algo estático y que está constantemente desplazado, como yo, como tantos que cambiamos de lugares, para encontrarnos en otros sitios, en otros acentos y en otros tonos que, quizás en algún momento del futuro se conformen de tantas conjunciones que resulten únicos en su individualidad. En las palabras, en nuestros acentos, filiaciones y fallos, está una voz que es nuestra experiencia. Una experiencia hecha de lugares en los que hemos estado y de personas con las que hemos conversado. De cada uno tomamos, en forma de palabras también, souvenirs, recuerdos.

¿Quién somos, me pregunto, cuando pienso sobre todas estas diferencias del lenguaje, sobre estos desarraigos? ¿Por qué no esa conjunción que también se ve en el lenguaje? Por eso, cuando alguien comenta que quisiera perder su acento, o tener otro, voy un poco más allá en mi pensamiento y me intrigo por aquello que quieren cambiar de su vida, que no es más que otro desplazamiento. En la postura opuesta, puedo entender a aquellos que se arraigan en sus palabras como señal de identidad, como hilo conector a una tierra lejana de la que se han tenido que ir sin desearlo. Los que más me intrigan, sin embargo, son quienes solo ven lo otro como errado, incapaces de moverse. De cualquier manera, sucede: si nos desplazamos, el lenguaje se desplaza con nosotros.

Imágenes: Surviv life, Jan Svankmajer.