No son buenos tiempos para Billy Bush, el presentador del programa matutino Today Show de la NBC. Tras filtrarse una conversación con Donald Trump que tuvo lugar hace una década, en la que no solo le ríe las gracias machistas al candidato republicano a la presidencia, sino que además le anima en su comportamiento tras bajarse ambos del autobús (¿Qué tal un abracito para «El Donald»?, ¿Y qué tal un abracito para «El Bushy»?), como si se tratara de un código de colegas —o bro code—, tras el desiderátum mantenido. Para aquellos que aún no han visto el vídeo, pongo aquí una traducción de parte de lo dicho:

«Me la intenté follar [hablan de Nancy O’Dell]. Estaba casada [él también, con Melania, by the way]. Y le entré muy fuerte. (…) Le entré como a una zorra, pero no pudo ser. Estaba casada. Y de repente la veo, ahora con sus grandes tetas falsas y todo eso. Ha cambiado totalmente su apariencia. [Ven a Arianne Zucker, la actriz que los está esperando, y un par de «piropos de andamio» después, Donald sigue] Mejor me como unos mentolados en caso de que la empiece a besar. Sabes, estoy automáticamente atraído por mujeres guapas. Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Simplemente las beso, ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer lo que sea. [«Lo que tú quieras», le apoya su interlocutor]. Cogerlas del coño. Puedes hacer lo que quieras [el interlocutor sigue riéndose a carcajadas, mientras añade: «Oh, esas piernas, solo veo sus piernas»] (…)».

Como decía, no son buenos tiempos para «El Bushy», profesionalmente hablando, puesto que, además de las críticas recibidas, le ha costado su trabajo. Por otro lado, Trump declaró en su video de disculpa —además de aprovechar para lanzar balones fuera, hacia los Clinton, utilizando la sobradamente conocida dinámica del «y tú más» que protagoniza también nuestras campañas—: «Quienes me conozcan saben que estas palabras no me representan». Yo creo que sí lo definen, por eso no me sorprende. Tal y como mi compañero Javier Alarcón advirtió, no es la primera vez que el candidato hace un comentario de este tipo (aunque sí la primera vez en llegar al punto de no-retorno, puesto que sus colegas republicanos le han retirado el apoyo). Con lo que sí tengo un problema es con la culpabilidad por omisión o «es tan culpable el que lo hace como el que lo permite». Y creo que eso forma parte de nuestro malestar como sociedad, el reír las gracias, el permitir, el no querer quedar mal.

Lo que me lleva, en primer lugar, a la reacción de Arianne Zucker, en la que me reconozco en todas aquellas ocasiones en las que en vez de decir «no quiero tu piropo, quiero tu respeto» —o como diría un grupo de Facebook, «no quiero tu piropo, quiero que te mueras»—, he acabado sonriendo mientras intentaba sobrellevar la situación cual gracia mitológica. En segundo lugar, me pregunto si, al ver la reacción de Billy Bush, recordamos todas aquellas veces en las que hemos presenciado conversaciones parecidas y, en las que, en vez de poner fin a esos comentarios soeces y denigrantes, hemos permanecido impasibles por el riesgo implícito de que se ponga en duda la complicidad, la masculinidad o lo que sea que opera a esos niveles. ¿El no ser participe de la conversación es suficiente para mantener una conciencia tranquila? Si existe una alternativa de actuación, ¿en qué lugar nos deja poena non alios quam suos teneat auctores —en cristiano: nadie puede ser responsable por las acciones de terceros que no ha podido impedir—, el principio por el cual se rige la culpabilidad?

Ojalá Billy Bush, en vez de asentirle las gracias como si fuera un aprendiz que absorbe cada palabra de su gran maestro, le hubiese reprobado: tocar a alguien sin su consentimiento es una agresión; besar a alguien sin su consentimiento es acoso. Lo que me recuerda el mensaje del que la Policía Nacional tuvo que retractarse el pasado San Valentín, tras publicar en un tono cómico que robar un beso a alguien no es un delito —sobre los límites del humor volveremos otro día.

Ojalá hombres y mujeres, porque del patriarcado no se libra nadie, hagamos de esas «charlas de vestuario» que supuestamente no hacen daño a nadie, nuestro asunto. Porque me temo que, tanto si hablamos de una mujer en términos degradantes, como si lo permitimos, formamos parte del juego machista.