«Tras largos meses en los que ya pensábamos que a nuestros políticos no se les daban bien las cuentas, los acontecimientos de esta última semana y el día que celebramos hoy contradicen esta observación. Nuestros próceres llevaban todo este tiempo calculando que el nuevo gobierno coincidiese con el aniversario del Congreso de los Diputados, pues hoy, treinta y uno de octubre de 2016, se cumplen ciento sesenta y seis años de su inauguración».

Por desgracia, el señor Rajoy me ha boicoteado el artículo, pues este primer párrafo, que entrecomillo por haber sido preparado desde hace unos días, no ha podido mantenerse, desde el momento en el que el nuevo Presidente del Gobierno ha preferido esperar a anunciar el nombramiento de ministros una vez pase el puente del Día de Todos los Santos: ya todos sabemos que en nuestra era las cosas de palacio van según manda lo mediático, y el cálculo de la información precede al de los presupuestos.

Si algo tengo que decir, no ya respecto de la próxima legislatura, sino, casi, desde que tengo uso de razón política –allá por los veinte años, tras una personal, tangible y lenta decepción–, es que no me preocupa demasiado cuál es mi máximo representante político. Y no lo digo como ácrata, ni como abstencionista convencido, ni como indignado, al uso en que se lleva últimamente, pero estuve escuchando las distintas intervenciones en el debate de investidura y, a riesgo de posicionarme «un poquejo», voy a interpretar los discursos emitidos para confirmar mi posición.

En primer lugar, se pusieron en relación, en mi cabeza, las intervenciones de Rajoy y Tardá. Sin duda son los dos parlamentarios más graciosos con los que contamos; y esto no lo digo con segundas: antes al contrario, me parece que algo de ironía es más que necesario cuando nos da por representar durante diez meses el «día de la marmota». La política puede ser divertida, especialmente en el uso de la palabra. Me sorprende, sin embargo, que sus discursos puedan ser sostenidos por una conciencia tranquila, cuando la corrupción se ha convertido en una gangrena interna, propia o del adversario con el que pactamos.

En segundo lugar, y por iniciativa de los contendientes, comparé los discursos de Podemos y Ciudadanos. Ambos, junto con otras fuerzas como UPyD o movimientos como el 15M –con sus virtudes y sus vergüenzas–, han sido imprescindibles para contrabalancear un sistema político que, indudablemente, necesitaba aire fresco y un mayor número de visiones sobre la realidad. Iglesias, corbatas aparte, es un razonable hijo –que no un hijo razonable– de su tiempo y trajo algo de intelectualidad al congreso, pero su discurso no convence a quienes hemos sufrido en carne propia el sectarismo y la intimidación de varios de sus simpatizantes en los años que estudiamos en la Complutense: no creo en la construcción que proponen aquellos a los que durante mucho tiempo solo observé experimentados en la destrucción. Por su parte, Rivera, apelando al nombre de Suárez, entonó el discurso centrista que más se merecía la cámara en estos tiempos difíciles –discurso que debería haberle correspondido al partido que en principio va a gobernar– pero me disgusta la falta de hombres y mujeres de pensamiento interesante e inteligente en un partido que fue primeramente fundado por intelectuales.

Con respecto al Partido Socialista, fue un día demasiado duro como para hacer leña del árbol semicaído –le deseo la esperanza machadiana en aquel famoso poema del olmo–, pero a todo demócrata le debería inquietar este hecho: los partidos donde hay mayor número de formas de ver el mundo son los más débiles; los parlamentos con un número de partidos grande, los más estancados.

Esta es la paradoja que nos ha tocado pensar y gestionar, así como el paso del discurso al diálogo. Más allá de los rufianes, lo cierto es que ahí fuera hay un gran número de ciudadanos que, aun cuando me decepcionan tanto o más que sus políticos, empatizan y concuerdan de vez en cuando; sobre todo, cuando discuten sobre ideas sencillas: ¿quién no quiere resolver el problema de los desahucios o de los refugiados, de la violencia de género o de la desnutrición infantil? Porque el problema final es la ideología, es decir, el discurso que se levanta alrededor de una idea, primero amparándola, pero finalmente ocultándola en el desván o ahogándola en el retrete.