Siempre fui prudente por parte de madre. Medir las palabras y los actos en cada instante significaba la mayor empresa a la que debía enfrentarme todos los días y en todos los contextos. Detrás de esta manera de entender la vida se encontraba un impulso de bondad inculcado en la infancia y un alto grado de responsabilidad, a causa, no solo de esa condición congénita que adquiere el hermano mayor, sino también de ciertas aspiraciones benignas, tales como cambiar el mundo y ayudar a los demás.

Con respecto a lo primero, ahora que ya no me tengo por un buen hombre ni por un hombre bueno, sigo pensando que, aunque redefinida, la bondad debe seguir siendo una herramienta imprescindible en las sociedades humanas; pero, en relación a lo segundo, he descubierto que existía cierta conciencia de salvador: peligrosa, en cuanto entrometida, y presuntuosa, en cuanto autoatributiva de unas gracias y virtudes que el cielo no nos suele regalar.

Por sorprendente que les parezca, estas reflexiones han sido motivadas por la discusión entre Arturo Pérez Reverte y Francisco Rico. A raíz de este enfrentamiento dialéctico y público, he recordado algunas cosas de mi infancia y de mi adolescencia, así como me he percatado del cambio de opinión con respecto a un asunto que siempre me apuró, me inquietó e incluso me ruborizó —y que, como herencia, activa un nerviosismo que consideraba ya atávico, pero que aún me traba la lengua en los debates sorpresivos y acalorados. Siempre detesté el carácter polémico, en cierto modo porque, como bien indica su étimo griego, propende al enfrentamiento, que era justo lo que quería evitar por todos los medios. No obstante, tras los últimos años, no solo me parece una consecuencia natural, sino además una actitud imprescindible.

De nada sirve construir una armadura a prueba de vida y cargar con un botiquín de soluciones humanistas ante el choque entre dos o más personas. Conforme nos hacemos viejos, el simple hecho de tener una idea y de expresarla, de obtener una beca o de ocupar un puesto de trabajo es razón suficiente para que cualquier indocumentado ejerza su derecho a la infamia. Inclusive, la prudencia no es el ejercicio del mutismo, sino la aplicación de una sabiduría que dice decir allí donde sea esencial y urgente.

Por tanto, el simple hecho de pensar en voz alta o de hacerse visible, nos convierte en blancos fáciles, incluso para el más ignorante o el más gilipollas. Dadas esas circunstancias, entiendo que haya quien se tome la polémica como un deporte, siempre y cuando exista una inteligencia detrás que sostenga toda la historia de un nombre propio, todo el edificio de un argumento y toda la esencia de una idea. A este tipo de ser humano polémico le debemos gran parte de la dinamización del lenguaje, del pensamiento y de la cultura y, aunque no me convenza del todo la concepción de un «carácter español», parece incuestionable que en nuestra historia han abundado personajes con la extraña virtud de construir nuevos paradigmas a fuerza de ariete.