La Academia Sueca parece haberse hecho aficionada a la controversia. El año pasado, cuando otorgaron el Nobel de Literatura a una periodista, los inconformes se hicieron escuchar. Este año han decidido ir un poco más lejos al entregar el premio a un cantautor: Bob Dylan. Si la elección de Alexiévich hizo ruido, la del cantante ha despertado la furia —y la confusión— de académicos y escritores que no han esperado para hacerse escuchar.

Debo confesar que, como músico, Dylan nunca fue mi favorito. Debido a sus raíces folk, su música suele hacerse relativamente repetitiva y, al centrarse en las letras, a veces se extiende más de lo común para abrir espacio a las historias o mensajes que busca transmitir. Cuando he comentado esto a amigos seguidores del nuevo Nobel, me han respondido que el problema era que yo no prestaba atención a lo que escribía, parte esencial de sus canciones. Este argumento es de un peso indiscutible y, haciendo mis gustos personales a un lado, la calidad de Dylan no se pone en duda —ni siquiera por muchos de quienes critican la elección de la Academia Sueca.

La relevancia cultural de Dylan no puede ser negada. No solo revitalizó y revolucionó una tradición musical importante, también transformó, como figura clave del movimiento contracultural, buena parte de sus presupuestos en Occidente. De la misma manera, tiene «padres literarios» —concretamente podemos citar su relación literaria y personal con Allen Gingsberg— y ha influido a muchos escritores y críticos posteriores. En pocas palabras, no resulta difícil resaltar la relevancia que lo ha hecho merecedor de distintos reconocimientos, tanto musicales como literarios.

Esto no parece ser suficiente para muchos —entre los que se cuenta mi compañero Javier Helgueta— pero lo que realmente llama mi atención es que la mayor parte de las críticas se centran, no en la calidad literaria de Dylan, sino en la transgresión realizada por la Academia Sueca a la noción tradicional de literatura. Muchos se han preocupado por decir que es incorrecto darle el Nobel de Literatura a un músico, pocos se han preocupado por argumentar si las letras de un cantante que tantas veces ha sido reconocido como poeta —debido a estas mismas— justifican la elección.

Es cierto que algunos han abordado el problema desde esta perspectiva. Yo no me atrevo. No podría hacerlo con el cuidado que se merece en un espacio tan reducido. Pero no dudo en afirmar que muchas de sus canciones poseen, tanto en la música como en sus letras, una belleza incuestionable. Esto no es una opinión personal que traigo a la discusión de manera caprichosa: existen muchísimos trabajos críticos que se aproximan a los temas de Dylan partiendo de esta premisa, justificándola y defendiéndola. Tampoco quiero decir con esto que debamos leer las letras escritas por el cantautor como si leyéramos un poema: es cierto, su propuesta artística —uso el término consciente de lo complejo que resulta— debe entenderse como unidad. Música y letra no pueden separarse, mas esto no resta ni a su mérito musical ni al literario.

Existe un conservadurismo tácito en muchas de las críticas que se han hecho al nuevo Nobel. Como dijimos, esto desafía y, hasta cierto punto, quiebra las nociones tradicionales y más cerradas de literatura. El pecado más grande de la Academia Sueca parece ser este, y lo que subyace es la defensa de un espacio de poder, cada vez más reducido, al cual los críticos no quieren renunciar. Al perder el apoyo de un premio tan importante —sea por razones literarias, políticas o económicas—, esta forma de entender la literatura ha perdido un espacio importante.

Cuando escribí para otra revista sobre la elección de Alexiévich, insistí en cómo la polémica desviaba nuestra mirada lejos de donde debía estar: en los textos del autor premiado, en su literatura. Quienes no se han limitado a ofenderse por la elección de la Academia y han criticado la calidad literaria de Dylan han sido capaces de aproximarse a la cuestión de una manera distinta. Pero no son nuevos: ya lo dijimos, se suman a una parte de la crítica que ha planteado este debate desde hace mucho. La aparición de este diálogo demuestra que la elección no es tan descabellada, y nos permite ver una nueva dimensión, tanto en la música de Dylan como en nuestro concepto de literatura.

Para concluir, debo confesar que nunca he confiado en el Nobel: es una figura de poder, influida por cuestiones políticas y económicas que se hacen cada vez más evidentes. No defiendo el premio, ni la elección en particular. Lo que sí celebro es la ruptura de un discurso sobre la literatura que hace tiempo resulta desfasado, y la manera en la que la nueva elección saca a relucir la necesidad de repensar la tradición.