Incluso allí donde solo esperamos una filigrana sarcástica, se apunta en la dirección de los argumentos en contra del premio concedido a Bob Dylan. Cuando la cuenta de Memes Literarios publica «me acaban de informar que Murakami empieza mañana mismo las clases de guitarra», o el Mundo Today anuncia que Juan Luis Guerra ha ganado el Premio Nobel de Física, aparece esbozada la crítica genealógica; mientras  que podemos recurrir al avatar del norcoreano –«os alarmáis por el Nobel de Literatura a un músico como si no le hubieran dado ya uno de la Paz a un presidente de Estados Unidos»– para sacar a la luz el factor político que preside muchas de las decisiones que se toman en el mercado literario. El Premio Nobel de la ucraniana Svetlana Aleksiévich en pleno conflicto con Rusia es un buen ejemplo de ello.

En ese sentido, también la de Bob Dylan puede colegirse como una elección donde lo político ha intervenido. ¿No resulta incongruente la defensa, y excusa, de Dylan como transmisor de la tradición popular? Los especialistas en culturas orales advierten del ultraje de aquellos autores cultos que, arrogándose la licencia de lo popular, reciclan, con brillantez o no, pero siempre con intereses personales, ese tesoro que los viejos han transmitido invisiblemente de generación en generación. Dylan puede beber libremente del folclore y de la poesía, pero ha llegado a ser acusado de plagio por compañeros de profesión; y puede reivindicar el progresismo añejo, pero ha flirteado con los medios y el poder –el hippie que acabó anunciando coches y bancos–, hasta granjearse un número creciente de detractores. Más allá de esta crítica a sus contradicciones, que Jorge Bustos ha sintetizado en su artículo, podemos hacernos la pregunta de si debían encumbrarse otras tradiciones culturales a fin de no caer en el habitual etnocentrismo.

Aterricemos ahora en el terreno de las disciplinas y los géneros artísticos, espacio en continua expansión, como el universo, donde en esta ocasión se arremolina un gran grupo de los escocidos, pues consideran competencia desleal la concesión de un premio de escritores a un compositor de letras de canciones. Al tiempo que nuestro José Luis Perales considera que «las canciones son literatura», muchos de los entendidos se acogen al origen cantado y musical de la poesía para defender la decisión de la academia sueca.

En este punto, ¿quién puede dudar de la dificultad en la que nos hallamos, incluso los teóricos de la literatura, cuando el siglo XX se convirtió en el paradigma de la interdisciplinariedad y de la hibridación genérica? Pero de ahí a echar mano de Homero para sostener al agraciado Dylan, puede ser tildado de anacronismo mayúsculo. También me parece un error abrir el marco hasta tener en cuenta cualquier tipo de «creación con el lenguaje», sea o no escrita —como hace Roberto Hesscher al citar otro premiado con polémica, Darío Fo–, pues esta habilidad no es exclusiva de los escritores, y con tal argumento podríamos darle el Nobel de Literatura a muchos publicistas, que no le van a la zaga en genialidad. La transgenerización del siglo XX no impide que el concepto moderno de literatura, heredado de los siglos XVIII y XIX, deba mantenerse como criterio estricto al menos en la concesión de este tipo de premios por parte de academias, nos guste o no, sancionadoras. Lo contrario, supone una «indiferencia pro-capitalista», como señala Alberto Olmos, y una aceptación traidora de la crisis de la literatura como concepto precisamente en su aniversario cumbre: la entrega de su Nobel.

El último argumento desesperado lo constituye la defensa acérrima de las letras dylianas como valor literario incuestionable. A este respecto, aunque Hesscher tenga razón en que «la imaginación verbal del siglo XX debe tanto a los cantantes y autores teatrales como a los escritores» suscribo a Fernández Mallo cuando dice que sus letras «no suelen sostenerse aisladamente, como poemas o textos en prosa, sin la música y la interpretación que la canción implica». Aún diría más: gran parte de las letras de muchos cantantes altamente considerados podrían pasar, descontextualizadas, por citas de Paulo Coelho.

Claro que nos cuesta llevar la contraria a poetas de la talla de Parra o Zurita, cuando estiman justo el Premio Nobel de 2016, pero al mismo tiempo nos chirría la decisión tomada, por el precedente que se ha creado y porque, llegados al último punto de cuantos quería comentar: si los Premios Nobel de la Literatura se pueden repartir también entre cantantes, ¿no habría otros candidatos que lo hubieran merecido en mayor grado? Créese un Nobel de la Música, aparte, pero no se impida o posponga este galardón para Mircea Cărtărescu, Teju Cole, Philip Roth, Ngugi Wa Thiong’o o el tan citado Murakami. Borges, Cortázar o Woolf saben de lo que hablo.