Pedro Costa estrenó en Madrid su último largometraje, Caballo dinero, el 22 de septiembre, en el Círculo de Bellas Artes. Aprovechando esta oportunidad, fue posible disfrutar en la misma sala una retrospectiva de su obra más reciente. Nació en Lisboa, en el año 1958, y el CBA lo anuncia como «uno de los mejores cineastas del mundo». Es imposible, pues, agotarlo en esta presunta brevedad.

Ne change rien (2009) fue una de las películas proyectadas. De ella hablaremos. Vemos a la actriz y cantante Jeanne Balibar ensayar para una ópera bufa, por Jacques Offenbach. El esfuerzo, el atrevimiento y el logro de Pedro Costa empiezan en que no busca idealizar el ensayo ni la vida del músico, del creador. Visualmente, sí, lo embellece, pero desde su ojo de cineasta, permitiendo que, en su justo nivel, el ensayo nos muestre la persistente repetición, el esfuerzo y la dificultad que implican lograr una obra pulida, certera, apropiadamente realizada.

Esto significa que, durante los cien minutos que dura la película, Jeanne Balibar y los otros músicos ensayarán en tomas largas que tientan nuestra paciencia como espectadores. Al mismo tiempo están provocándonos a ver más, ver la revelación del ensayo, el logro alcanzado, la obra concluida que no llega a la pantalla que vemos. Ahí está la obra concluida, no cambies nada. Costa nos muestra el proceso creativo de Jeanne Balibar, Rodolphe Burger, Hervé Loos; las correcciones, los cambios, las enmiendas, los errores que persisten. El trabajo en colaboración lo vemos, también; la complicidad, la comprensión, la incomprensión; la repetición que, en ocasiones, resulta ardua de observar, inclusive. Pero los protagonistas persisten, estoicos, profesionales, en su labor de creadores.

Visualmente, Pedro Costa nos ofrece deslumbrantes juegos de luz y contraluz, partes en sombra e iluminadas con el cuidado de una fotografía perfectamente planeada. Así se siente: todo está dispuesto donde tiene que estar dentro del cuadro, y una vez está esto, sucede el ensayo, la repetición prolongada y luego correctamente editada. Reflejos, lámparas, luces, claroscuros, todos nos hablan del personaje como si de una fotografía fija, una escena perfectamente trazada, se tratara. Solo que el instante se prolonga en el tiempo, el movimiento es breve, repetitivo. Las tomas persisten hasta el punto en el que tientan nuestra paciencia. ¿Qué tanto se puede repetir? ¿Qué tanto más? ¿De verdad? Y sí, se persiste. Pero el montaje logra un punto que es casi inexplicable: después de cada cambio de plano, nos quedamos al mismo tiempo deseando más y asumiendo la próxima toma. Pedro Costa logra hacer que nos acostumbremos a cada composición hasta estar dentro de ella, hasta aceptar todas sus repeticiones y sus juegos de luces. Una vez hace eso, pasa a la siguiente escena y nos vuelve a descolocar, siempre tensando al máximo la duración del plano, pero sin llegar a quebrarlo, sin que se le escape de las manos.

Quienes hayan asistido a algún ensayo, quienes hayan participado en algún proceso creativo de este estilo, comprenderán la incesante repetición, la vuelta una y otra vez sobre el detalle menos notable, y descubrirán al mismo tiempo un trazado lumínico perfectamente dispuesto que nos habla de un manejo impecable de la luz y las sombras: no hace falta cambiar nada, el ensayo es también una obra en sí misma para el ojo de Pedro Costa. La prueba y el error, correctamente editados, articulados, montados en una producción final que parece decirnos, con exactamente cien minutos de duración: aquí todo es redondo, aquí todo está medido, hasta el más ínfimo de los movimientos y de los gestos ha sido observado miles de veces: es el trabajo del director. Y dentro de él, las inagotables repeticiones, los repetidos errores, lo seleccionado.