El «desdoblamiento de género» es un fenómeno sociolingüístico que se emplea cada vez más a menudo. En la entrevista de la Sexta Noche del pasado sábado, Arturo Pérez-Reverte insistió en que la Real Academia Española se debe entender «no como juez sino como notario», y también arremetió contra el llamado «lenguaje de género».

Pérez-Reverte define la RAE como un notario que recoge la manera de hablar «en la calle» y, al mismo tiempo, condena el uso del «desdoblamiento de género» en el lenguaje, uso que ha surgido de ese mismo lugar. Si la RAE es, en efecto, imparcial, entonces ¿no debería recoger tanto maricón como «todos y todas», «amigos y amigas», «lectores y lectoras»? Que sí reconozca culamen, norabuena, amigovio o palabro, pero «miembra» o «diputados y diputadas» le resulte artificioso e innecesario, me hace sospechar que no actúa como un notario imparcial, sino como un juez corrupto.

En la mencionada entrevista, Pérez-Reverte defiende con vehemencia que jamás tolerará que una feminista («ya sea una culta fanática como una analfabeta de etiqueta») le diga cómo debe expresarse, tildando el desdoblamiento de género de «talibanismo radical que se basa en la estupidez, en retorcer las palabras, en violentar la razón, violentar la normalidad y violentar el sentido común»Lo anecdótico es que, al final de la entrevista, empleó de manera involuntaria «lectores y lectoras», lapsus que etiquetó de terrible contaminación:

Hasta los duros terminamos contaminándonos, ya no de estupidez sino de cosas mucho más graves. Acabas adoptando coletillas, vicios y cosas que te rodean y que están tan presentes que terminan formando parte de tu vida.

Lo que está claro es que a Pérez-Reverte el desdoblamiento en el lenguaje le parece una estupidez de la que se burla «sin el menor complejo», aun a sabiendas de que «todas las fuerzas ultra-radicales» se le echan encima. Su problema, dice, no es con las «feministas normales» —esas feministas buenas que no incomodan, que dejan al hombre hacer su trabajo mientras ellas se dedican a lo suyo—, sino con las «feministas ultra-radicales», esas que «violentan el sentido común». De ellas se burla el académico, porque «”queridos amigos y amigas” no es la vida real». La vida real se llama «hombres con armas depredando mujeres, mujeres como “botín y víctima” del hombre». 

Sin embargo, lo malo no deja de ser malo porque existan cosas peores. Hay violencias mayores, como el asesinato, pero esto no le resta peso a silenciar a la mitad de la humanidad de forma constante y deliberada. ¿Sin violación, no resulta ofensivo el acoso laboral? ¿Sin muerte, no hay problema con quitarle la voz a la otra persona? ¿Sin esclavitud, no importa la desigualdad salarial?

Por mucho que Pérez-Reverte intenta emplear un lenguaje depurado con pretensiones de igualdad, sus palabras dejan entrever un paternalismo que concibe a las mujeres de forma estereotipada. Se enorgullece de entender el carácter femenino como mejor dotado, por naturaleza, para soportar el sufrimiento, y elevarlo así a la categoría de modélico. Creo que se hace un flaco favor a la igualdad diciendo que es esencial en las mujeres «una capacidad de coraje superior a la de los hombres» y naturalizarla aludiendo a «la larga herencia biológica, genética y social que les hace ser superiores moralmente al hombre». Es más, decir que «las mujeres tienen esa capacidad de soportar, de encajar la realidad y la vida con más lucidez que los hombres» lleva implícita, además de la perversión de hacer de la necesidad una virtud, una apología a la complementariedad entre los sexos: ellas, las viscerales, las emocionales, las abnegadas versus ellos, los racionales, los prudentes, los ambiciosos. 

El lenguaje es un fenómeno eminentemente social, un organismo vivo en constante evolución que refleja e influencia la forma en la que vivimos la realidad. Los signos no son sexistas en sí mismos, sino en relación a otros signos, y eso depende del hablante. De ahí la relevancia que tiene este tema. Puede sonar idealista considerar el lenguaje como una herramienta para transformar la ideología patriarcal y construir una cultura igualitaria, pero al igual que «somos lo que comemos», no es descabellado decir que somos lo que pensamos, y el pensamiento se articula con palabras.