«EXPOSICIÓN DE ROBERT DOISNEAU EN LA FUNDACIÓN CANAL». Con este mensaje, en mayúsculas y a una hora demasiado temprana, me anunciaba un compañero que Doisneau llegaría a Madrid pronto, concretamente el seis de octubre. Con la antelación de quien compra las entradas para el concierto de su vida, lo antes posible, nos preparamos para acudir tan pronto como pudimos; un poco absurdo si tenemos en cuenta que la exposición es gratuíta y estará abierta hasta enero del año que viene, pero cuesta controlar las prisas, no solo por la relevancia global del autor, sino porque en este caso, tiene también un significado personal: si soy fotógrafa, si hablo contínuamente de fotografía en esta revista y fuera de ella, es porque hace años su obra me pellizcó y quise hacer lo que él hacía. Hoy hace una semana que la exposición está abierta al público, y ya llevo dos intentos de verla (ambos fracasados) esperando encontrarme la sala no muy llena.

Sus fotografías son el ejemplo perfecto del papel de un buen fotógrafo, para mí: un ojo rápido que participa en todo lo que le rodea, observando más que actuando; un ser solitario que, paradójicamente, casi nunca está solo, porque de algún modo debe interactuar para conseguir la imagen que busca. Su propio método, según él mismo, consistía en sentarse en un banco y esperar: esperar a pasar desapercibido.

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Tal y como Robert Frank ayudó a formar la idea que tenemos hoy en día de la cultura popular estadounidense, Doisneau hace lo propio con París, convirtiéndola en una ciudad nostálgica, alejada de las clases más altas, pero sin recurrir a los «bajos fondos», como hiciera su colega Brassaï. Sus protagonistas no son los restos de la revolución bohemia, empeñados en llevar una vida intensa y trágica (dramatismo que a veces resultaba demasiado impostado). Para Doisneau, París era el carnicero, la panadera, los niños jugando con cartones. Su simpatía por la izquierda (que abandonó con los años, desencantado con cualquier tipo de movimiento político) y sus orígenes humildes, le llevaron a una idealización de las clases trabajadoras, que siempre retrató con dignidad y cierto optimismo, sin caer en la mentira de hacer que parezca una vida fácil.

Si bien es cierto que todo lo que pueda decirse de un autor por su obra es pura suposición, me atrevo a creer que Robert Doisneau era un tipo enamorado de su entorno, calmado y tímido, que tuvo muy claro el significado de sus fotografías: «no muestro la vida como es, sino como debería ser».