What will become of me from now on? After some time, I stopped thiking about that.

[¿Qué va a ser de mí de ahora en adelante? Después de algún tiempo, dejé de pensar en eso.]

La relación que mantenemos con la tecnología ha sido un punto de reflexión para varios artistas y teóricos. Se puede renegar de ella o celebrarla, criticar la influencia que ha tenido en la sociedad y los individuos o alabar las nuevas posibilidades que abre para la humanidad. Más allá, no se puede negar que es un hecho ineludible y hasta cierto punto inédito: las últimas décadas, el progreso científico se ha acelerado a unos niveles sin precedentes.

El hecho irónico es que, en contraste con las generaciones pasadas, nos hemos acostumbrado a este constante avanzar de la tecnología. Ni siquiera cuestionamos las novedades que produce la ciencia, las incorporamos en nuestras vidas sin pensarlo dos veces. Nos toma días —a veces horas— hacer de la más increíble novedad algo cotidiano, y hasta aburrido. No tenemos que ir muy lejos para darnos cuenta de esto: Pokemon Go! fue uno de los acontecimientos más esperados y discutidos de este año. Sin embargo, a unos meses de su lanzamiento, parece haber dejado de ser interesante, al menos para el grueso del público.

Esta apatía frente a la novedad, una abulia que nos mantiene serenos ante cambios que se nos imponen todos los días, es uno de los hechos más criticados. Porque no solo pasan desapercibidas las ventajas de la tecnología, también sus problemas. Un ejemplo de esto son las relaciones personales. Por un lado, el internet y los móviles permiten mantener un número absurdo de relaciones; por el otro, parecen aislarnos del mundo que nos rodea y distanciarnos de las personas que están más cerca de nosotros. El «yo saturado» del que habla Kenneth Gergen parece estar cada vez más fragmentado y más alienado. Por lo menos no hay duda de que estamos paradójicamente aislados: centramos nuestra existencia en artefactos que limitan nuestra experiencia pero que, al mismo tiempo, nos conectan al mundo.

En resumen, la soledad en la que vivimos se hace cada vez menos evidente y más definitiva.

Este es el tema de Shelter, el nuevo vídeo de Porter Robinson y Madeon. El breve corto nos muestra la vida de una chica que está atrapada en un mundo virtual que puede manipular a voluntad. Llevando el aislamiento que suponen las nuevas tecnologías al extremo, el único límite que la restringe es la soledad.

La protagonista de Shelter es una pequeña diosa que construye y reconstruye su mundo. Sin embargo, existe algo que se escapa de su control, la nostalgia por un pasado perdido. A pesar de que desea escapar, su memoria siempre la alcanza. Es inevitable: a diferencia del demiurgo platónico, el modelo de su universo no es un molde ideal e impersonal, sino el pasado que la hace ser quien ella es.

Pero la potencia del mensaje está en la maestría con la cual se construye el vídeo. Es bien conocida la frase de Julio Cortázar que afirma que un relato corto debe ganar al lector por knock-out. Con una animación impecable y una economía narrativa precisa, el corto es capaz de contar una historia conmovedora frente a la cual el espectador no puede permanecer apático. Al menos yo no pude. Mas, tal como supone la frase del escritor argentino, toda la fuerza de la narración nos lleva a un giro final de la historia que saca a relucir las ineludibles preguntas que formula nuestra relación con la tecnología: ¿qué tan solos estamos realmente? ¿Qué hemos perdido para poder llegar al lugar en el que nos encontramos?

Si bien no aparecen móviles en todo el vídeo, la analogía que existe entre quienes vivimos centrados en nuestros teléfonos y la chica atrapada en su mundo virtual es evidente. Esto se hace palpable cuando, comenzando la historia, ella revisa su buzón de mensajes, como todos lo hacemos a menudo, con la esperanza de que alguien, cualquier persona, haya escrito. Pero el problema va más lejos: porque todos construimos nuestro propio mundo a través de la tecnología, un lugar seguro que proteja nuestra delicada individualidad. No es extraño que buena parte de la publicidad de móviles y portátiles gire en torno a la «creatividad» que en teoría posibilita la tecnología, a la manera en que potencia la «autenticidad» del individuo.

Bastaría con levantar nuestra mirada lejos de la pantalla para notar lo irónico de esta idea: vivimos en una sociedad de individualidades producidas en masa. En cambio, preferimos cerrarnos en el universo virtual que construimos a nuestro antojo, escapando del mundo que nos rodea. Aislados en nuestros refugios solitarios, esperamos un mensaje que nos haga sentir menos solos.