En esta mañana de octubre, con tan solo poner un poco de atención a tu alrededor, más allá de la pantalla, el periódico o la radio, podrás llevar a cabo un pequeño estudio sobre las costumbres de los españoles en sus viajes mañaneros. Si bien no todo es elección en estos ciudadanos —por ejemplo: el hombre que, muy a mi pesar, ahora mismo está apoyado sobre mi hombro durmiendo a pierna suelta, ha caído, claramente, en combate—, alguna actitud contrapuesta se puede deducir de este improvisado trabajo de campo, como ya lo hiciera Marc Augé en El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro.

Pongamos por caso observar el grado de actividad. Frente al bando de los somnolientos, zombies de la rutina, uno es absorbido por la horda de los atletas, compuesto irregularmente por tropas inmisericordes que parecen llevarse por delante todo a su paso con el fin de lograr la pole en el GP Metro de Madrid. No sé si podría colegir la personalidad de alguno de mis congéneres por el simple hecho de curiosear su zancada, pero parece claro que al contemplar cualquier escalera mecánica se descubre una ciudad que marcha a dos velocidades.

Yo, que me siento más bien de este segundo bando y le pido todos los días perdón a quien corresponda por esos mochilazos que adeudo, he de reconocer que soy de los que se ha visto tentado a iniciar el cronómetro nada más salir de casa para demostrar ante las autoridades competentes los varios récord Guinness que he logrado en alguna de las pruebas más duras del circuito: Cuatro Caminos, Avenida América, Gran Vía…

Por otra parte, aunque relacionado con lo anterior, supongamos que queremos analizar el gusto por el silencio. Descubriremos así que existe un número mayor de tribus urbanas. Nos parapetamos detrás de periódicos, móviles, tablets, apuntes, e incluso, aunque cada vez menos, libros; obstruimos nuestras orejas a fin de seleccionar los sonidos con los que queremos programar la mañana; fomentamos la conversación trivial cuando tenemos la suerte, o la desgracia, de viajar acompañados; dormimos inquietos, a riesgo de que aparezcan intérpretes o adolescentes generosos con su música; pero rara vez escrutamos los rostros o prologamos nuestra visión de las cosas a través de la ventana.

Sea cual sea el resultado de nuestras observaciones tras estos dos ejemplos puntuales, siempre se puede sacar la conclusión de que ejecutar el papel de antropólogo por un día nos llena de «alrededor», de «otro», de vida.

(Fotografías de Bruce Davidson, ‘Subway’)