Mi consejo a mis alumnos siempre es el mismo: encuentra una idea que te obsesione y deja que sea ella la que te guíe

Gervasio Sánchez

A menudo me han —y me he— preguntado qué hace bueno a un fotógrafo. Resulta difícil encontrar una respuesta que no genere cientos de «peros» con una cuestión tan subjetiva. La propia definición del arte sigue siendo difusa hoy en día; por lo tanto, las líneas que definen al buen artista, inevitablemente, también lo son. En el caso de la fotografía se complica aún más, teniendo en cuenta que es una disciplina oscilante entre el arte, el periodismo, o documentalismo, y la publicidad.

Sería demasiado fácil limitarse a decir que un buen fotógrafo es aquél que hace buenas fotografías, con un archivo lo suficientemente amplio para que demuestre que sus disparos no son fruto de una casualidad afortunada. Pero no creo —y entiendo que pueda ser una opinión poco popular— que el simple hecho de conseguir unas imágenes que funcionen a nivel técnico y conceptual sea suficiente para convertir al autor en un buen fotógrafo.

Desde la autocrítica, en mi propio archivo encuentro fotografías que me atrevo a considerar buenas, pero que no dejan de ser instantes puntuales, un tanto aislados. No llegan a conformar un resultado intencionado (aunque no pecaré de falsa modestia, tampoco son fruto de la casualidad). Por encima de la propia imagen está el concepto fijo —o la idea obsesiva—, es decir: la capacidad de representación de un mismo fondo en diferentes formas. Esto va más allá del tópico de que toda fotografía es un autorretrato, que puede remitir a un acto menos consciente. La idea obsesiva es un elemento consciente y estudiado del fotógrafo, no sólo a través de sus propios disparos (de ser así, sí que estaría moviéndose siempre en el autorretrato), sino también compuesto de las imágenes y palabras de otros: estudio e investigación.

Me viene a la memoria una escena de El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009) en la que indagan en las pasiones del asesino para imaginar dónde pueden encontrarlo: «el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión».

Lo mismo le ocurre al buen fotógrafo: sus temas, sus paisajes y su método pueden variar a lo largo del tiempo, pero si es capaz de definir una línea común en todas sus fotografías, independiente del estilo visual, éstas estarán conectadas, serán la parte de un todo bien armado.