Hace unos años, las canciones de El Hijo, proyecto musical de Abel Hernández, llegaron a mis oídos por recomendación de Spotify. Lo que podía haberse quedado en una escucha rápida terminó con un repaso de toda su discografía hasta el momento. Cada uno de sus temas tiene algo que decir, la música y la letra están conjuntadas al detalle, son cuidadosas con el mensaje que quieren dar. En sus propias palabras: «según lo veo, el problema quizá sea, más que el hecho de que la música sea parte del ruido de fondo, lo que está en el fondo de mucha de la música que hoy se hace». Hoy nos habla de música, contenido y continente.

¿Cómo empiezas a componer una canción? ¿qué diferencias tiene con el proceso de producción?

Normalmente no hay un principio definido. El proceso empieza siempre a partir de ideas-concepto (musicales, sonoras o sobre algún tema), apuntes de frases o palabras, y, sobre todo, del tocar. Camino al andar. Antes con la guitarra y la voz, ahora cada vez más directamente con el ordenador.

En estos momentos no hago una separación clara entre el proceso de composición y el de producción. Entiendo la producción, programando, tocando el sonido con el PC, como una forma de composición más.

¿Cuáles son los principales obstáculos a los que te enfrentas a la hora de componer?

Creo que, en este orden:

La falta de tiempo continuado.

La falta de plazos (lo cual también es una ventaja).

A veces, mis limitaciones en materia de composición musical.

En menor medida, otras veces, mis limitaciones como instrumentista y cantante.

Tus letras están repletas de descripciones muy visuales, con un estilo muy narrativo, ¿hay otras influencias y medios de inspiración aparte de los musicales?

Todo influye, mucho. Lo que más me afecta no son las cosas musicales sino el día a día en la calle, y en internet; la realidad del mundo generada por los medios de comunicación, la propia experiencia emocional. La realidad y cómo me relaciono con ella en mi vida diaria, vaya. También la lectura de toda clase de textos. Y, en cualquier caso, las imágenes a las que haces referencia, en las letras, seguramente tengan sobre todo un componente literario (si es servible o inservible, ya no lo sé).

Por otro lado, me fascina la creación visual y, por tanto, debe influir en la música que hago. Cuando empecé, y hasta hace unos años, predominaban las películas y el arte contemporáneo. Desde hace un tiempo se han sumado los contenidos de internet y las series de televisión.

Por último, una parte de mi trabajo tiene relación especialmente con ver y tocar, ya que la música se hace tocando una pantalla (literal o metafóricamente hablando).

¿Qué diferencias conceptuales existen entre un EP y un «larga duración» (LP)?

No muchas. Quizá son diferencias más funcionales. Pero el EP es más breve, más abordable por quien lo produce, y quien lo recibe. Me gusta mucho ese formato. Está en un término medio. Permite elaborar un cierto discurso y concepto, si lo deseas, pero ello no es tan difícil de sostener como en un LP, donde es más fácil que haya piezas de relleno, o que no se ajusten tan bien al concepto general. Ya antes había grabado EPs, pero ahora es una parte importante de cómo trabajo, en cuanto al formato, y cómo entiendo la manera de transmitir mi música.

Cada vez es menos común que se dedique tiempo y atención a la escucha de un «larga duración» completo. Hay que mantener la atención de quien te escucha, ¿puede esto limitar las ganas de experimentar y hacer rarezas?

Creo que sí. La manera en que se utiliza la música hoy está transformando la creación de la música. Eso de McLuhan de que las herramientas que creamos nos moldean a nosotros seguramente se puede aplicar a los compositores/productores. Vivimos una crisis sin precedentes desde que la música se convirtió en algo grabado.

Me llama la atención que estamos en un momento en el que el single ha vuelto al trono (al menos mientras nadie dé con una categoría aún más breve para la música equivalente al gif para la imagen animada). Los creadores de música popular contemporánea más aventureros, ya sea en la electrónica (se me ocurren Holly Herndon, Oneohtrix Point Never, Actress, por ejemplo), en el R&B (la última época de Beyoncé), el hip hop (Frank Ocean), el rock (Tame Impala), el pop (Miley Cirus) o en la experimentación de varios ámbitos (Jenny Hval) están apostando por el álbum, el álbum conceptual e incluso el álbum visual.

Llevas casi 20 años dedicándote a la música, ¿cómo has experimentado los cambios en la industria? Conciertos, plataformas digitales, sellos independientes…

Sin ser muy consciente, hasta hace unos pocos años, cuando he empezado a estar fuera más, y así poder ser más observador y actuar como un comentarista exterior. Los cambios son brutales y no hacen otra cosa que favorecer a los grandes intereses económicos (marcas y nuevos intermediarios, como los canales y plataformas digitales).

Si bien, por otro lado, aunque de forma íntimamente conectada, facilitan la posibilidad de que cada quien haga su propia música, y pueda compartirla con personas que antaño no habrían pasado de poner las manos sobre un instrumento, malamente. Me parece que aún está por entenderse y valorarse bien qué significa este despertar musical del «prosumidor». Si hay demasiada música o no. Incluso si todo lo que se califica como creación musical debe seguir llamándose así. El pop (como categoría general) es el campo de batalla donde se experimenta más con este conflicto.

No solo la industria ha cambiado, también los medios: un estudio de grabación casi puede estar concentrado en un ordenador, ¿qué ventajas y desventajas supone esto para compositores y productores?

Las ventajas son obvias: simplifica mucho el acercamiento a cualquiera que desee producir música, permite hacer cosas increíbles sin un coste grave, y con plena disponibilidad. La capacidad de manipulación del sonido mediante un buen PC, y algunas aplicaciones, es casi ilimitada. Tener que hacer muchas de estas cosas en un estudio en lugar de en casa es un poco cuestión de lo perezoso que sea uno en aprenderlo bien. Hay posibilidad de emanciparse del estudio, al menos para la parte más, digamos, de creación.

Las desventajas son menos obvias, pero haberlas, las hay: los límites de tiempo en el estudio que vienen marcados por los límites de presupuesto (y de quien lo aporta) resultan muy buenos para hacer música. Las virtudes de las personas que se dedican a técnicas de grabación, procesamiento y manejo de los equipos profesionales, facilitan infinidad de posibilidades, soluciones y opciones para crear. Y éstas son de tipo muy distinto a las que facilita el ordenador.

Soy partidario de mezclar los dos ámbitos, el del PC y el del estudio profesional, siempre que sea posible. El estudio profesional y, sobre todo, sus expertos, son en general muy importantes para dar forma final a los procesos.

Con todos estos cambios es lógico que surjan nuevos conceptos de difusión musical, se me ocurre por ejemplo la gira Pop artesanal de Fon Román (2012) en talleres artesanales. ¿Hacia dónde crees que se irán moviendo estos nuevos conceptos?

A veces los músicos parecemos peces fuera del agua intentando obtener oxígeno desesperadamente. Es parte del proceso general de precarización y de fin de la seguridad que propone nuestro sistema capitalista global.

Creo que ha llegado el momento de que, si no la sociedad en general, al menos sí los creadores musicales, los músicos y algunos otros implicados en el tema (estudiosos, musicólogos, críticos y medios de comunicación en general…) pensemos bien qué está pasando con la difusión y comunicación de la música y si eso que está ocurriendo es lo que queremos. Y que tomemos una postura al respecto sin ignorar el hecho de cómo están funcionando los canales. En mi opinión, si dejamos todo en manos de las leyes del mercado, si no somos capaces de inventar nuevas posibilidades musicales y también nuevos modos relacionarnos con el uso de la música (nuevos canales), que se enfrenten con fuerza a las condiciones que los intereses de marcas, empresas e intermediarios varios proponen, la tendencia continuará siendo la que ya impera: una carrera contrarreloj hacia la máxima homogeneidad, la máxima pereza de la experiencia musical y la máxima nada. Un sonido de fondo organizado para estimularnos para otros fines.

Ahora que tenemos acceso a una mayor cantidad de música, ¿se presta menos atención a la misma? A veces da la impresión de que se trabaja hasta el mínimo detalle para que termine usándose como simple música de fondo.

Bueno, nadie puede negar que hay una vuelta generalizada a la superficialidad en la experiencia musical. Al menos en el primer mundo occidental, hoy se disuelve la música en el simulacro de hipersociabilidad y narcisismo predominantes. Es parte del cotilleo y de la microinformación que regalamos una vez la hemos banalizado convenientemente.

Pero me parece que esto es sólo una versión agudizada de algo que, por otra parte, ya ocurrió en épocas anteriores a la música grabada. Durante siglos, la música que no formaba parte de lo, digamos, «sacro», ha servido como fondo para fiestas, lugares de encuentro, etc. Incluso la ópera europea y otras formas más cortesanas de lo que hoy llamamos música clásica tuvieron en un principio una atención muy dispersa y sirvieron de fondo a otras actividades.

Y, por supuesto, el pop. Hasta donde llego me parece que el blues, el jazz, la música del Caribe hispano, el tango, el rockabilly, el soul, el reggae, el funk, el disco… no eran, muchas veces, músicas que, al menos solo, se escuchara atenta y activamente sino que también eran motores de fiesta y relaciones sociales. Tanto en vivo como grabadas. Por supuesto que había momentos de intimidad y escucha hechizada (podemos imaginar a una quinceañera encerrada en su cuarto, pegada al altavoz de su pequeña radio, absorbiendo cada detalle de The Crickets) pero no era lo predominante.

El fenómeno de los discos para escuchar y no para bailar o para poner de fondo en los momentos sociales de celebración, y de los creadores de pop como artistas y visionarios, es algo que surge con los cantautores, la producción desarrollada en estudio de grabación y la psicodelia a partir de los años 60. Luego tiene bastantes ramificaciones pero no ha sido lo único que ha existido.

Según lo veo, el problema quizá sea, más que el hecho de que la música sea parte del ruido de fondo, lo que está en el fondo de mucha de la música que hoy se hace. Si la música es el vehículo de otras cosas como conceptos, estímulos, deseo o ideología por ejemplo, que están al servicio de ciertos intereses: ¿cuáles son los que  hoy se agazapan en el fondo de cada música?

Componer música, ¿ha cambiado de alguna manera tu percepción del mundo que te rodea?

Me parece una gran pregunta pero no sé si tengo una respuesta. En el caso de la composición el viaje es más bien de ida: desde el mundo que me rodea hacia la música. En el caso de la difusión y comunicación de la música, sí es posible que haya afectado en ese otro sentido que dices.

Imagen: Portada de Fragmento I