Uno de los espacios donde más salen a relucir las contradicciones del discurso cultural de Disney es en su panteón de princesas. Ya lo dije en otro artículo, por más que esta empresa busque construir una nueva imagen de la mujer, más acorde a nuestros tiempos, su necesidad de sostener una postura conservadora siempre termina haciéndose sentir. Por cada Merida (Brave, 2011) y Elsa (Frozen, 2013), tenemos una Rapunzel (Tangled, 2011) y una Anna, la hermana de la reina de hielo: figuras conservadoras que sirven para hacer contrapeso a sus pares más liberales. Sin embargo, no se puede discutir que la productora se ha visto obligada a cambiar; animada, también, por figuras de pensamiento algo progresista como Edwin Catmull y John Lasseter, líderes de Pixar y Disney animation studios.

Pero las princesas más conservadoras no parecen quedar en el pasado, en tanto que los estudios de Disney se han dedicado a revitalizarlas a través de nuevas versiones. Esto se hizo evidente en Cinderella (2015), cuya historia, aunque matizada, no deja de hacer eco del conservadurismo de la película original de 1950. Dentro de este contexto, apareció la semana pasada el segundo tráiler de la adaptación de Beauty and the Beast que llegará a los cines el año que viene.

En contraste con su predecesora directa, The Little Mermaid (1989), el personaje de Bella que aparece en la película de 1991 parece un paso hacia adelante. Pasamos de una quinceañera cuyo único propósito en la vida es casarse con un hombre al que no conoce, a una lectora voraz, figura extraña en su pueblo, que no cede a los encantos superficiales del galán de turno. Sin embargo, en otros aspectos, las razones para cuestionar este clásico de Disney no faltan.

Beauty and the Beast —hablo de la película original de 1991, y los siguientes comentarios se refieren a esta versión de la historia— repite un discurso sobre el amor que ha estado presente en Occidente desde hace siglos: el hombre indomable que renuncia a su vida desordenada por el amor a una mujer. Esta representación encuentra expresiones, para empezar, en las novelas de caballería, y se mantiene hasta llegar, en nuestros días, a las comedias románticas.

Sin embargo, pocas expresiones son tan claras como la que encontramos en el romance entre Bella y Bestia. El personaje masculino ha sido transformado en monstruo por ser, para empezar, un egoísta. Finalmente, se vuelve un ser cruel, incapaz de encontrar el amor que lo salvará de su maldición. Será Bella quien lo ayude a cambiar y lo devuelva a su forma original. Pero no podemos olvidar que, en el proceso, el personaje femenino se hace prisionero de Bestia, así como la cantidad de escenas en las cuales él ejerce una violencia más o menos sutil en quien será su pareja. Así se construye la forma perfecta de la representación del amor en Occidente: el hombre malo que se hace bueno a través de la mujer amada.

La pregunta que no podemos dejar de hacer, por lo tanto, es la siguiente: ¿cómo actualizará esta historia la nueva versión? ¿Disimulará el discurso nocivo que esconde o, directamente, buscará transformarlo? Después de todo, el personaje de Bella será interpretado por Emma Watson, quien se ha vuelto una de las más visibles representantes del feminismo en Hollywood. Aun si este fuera el caso, el problema sigue estando vigente: estas nuevas versiones existen para revivir los clásicos, y son, como se puede percibir en la música que ambienta el tráiler, un guiño que remite al original.

Quizás esta es la parte que realmente preocupa: quienes llevarán a sus hijas (e hijos) a ver esta producción son los padres que crecieron con la película original. El entusiasmo se puede percibir en internet, y viene alimentado por los fanáticos de la película de 1991. Una nueva versión, aunque llegara a estar actualizada, representa un punto problemático. Sin mencionar que un cambio a la trama que desafiara la historia original podría representar una traición que el público, quizá, no estaría dispuesto a perdonar. Las contradicciones recorren la producción, desde el discurso del que nace hasta el público que la recibe. Habrá que esperar al estreno para saber cómo se mantienen vivos los clásicos que, en lugar de homenajear con nuevas versiones, deberíamos estar cuestionando.