La imagen generó revuelo: el cráneo aplastado por el bate, el rostro ensangrentado y el ojo literalmente desorbitado. Fue tanto el escándalo que se generó en torno a esta escena del primer capítulo de la nueva temporada de The Walking Dead, que importaron muy poco los spoilers. Las redes se plagaron de noticias y artículos de opinión sobre la muerte de uno de los personajes favoritos de la serie. Para quienes habían leído el comic, sin embargo, la imagen fue simplemente un guiño, un recordatorio de lo que leyeron hace algunos años en el papel.

Claro que este juego intertextual no detuvo a asociaciones de padres y críticos de la serie que  consideraron la escena un exceso. Pero no es la primera vez que esta serie presenta este nivel de violencia o de contenido gráfico en torno a cuerpos humanos. Es cierto, la adaptación pocas veces ha llegado a equipararse al material original. Pero esto no disminuye los muchos cuerpos mutilados y actos de violencia de los que hemos sido testigos, ejercidos tanto a zombies como a vivos.

Ya es común que la violencia en la televisión sea objeto de polémica. Distintos críticos, con una variedad bastante heterogénea de argumentos y posiciones, han señalado lo que consideran un aspecto nocivo del medio. Sin embargo, parecen estar luchando una batalla perdida, repleta de victoria pírricas, pues películas y series constantemente desafían y quiebran los límites que la censura intenta imponer. No solo esto, sino que cualquier persona con internet es capaz de acceder a contenidos mucho más grotescos o violentos.

Frente a esto, el espectador se acostumbra a mirar la violencia, a apreciarla como espectáculo o arte, dependiendo del caso. La imagen cinematográfica cada vez genera menos impacto, sin importar lo agresiva que pueda llegar a ser. Estamos muy lejos de aquellos espectadores que escaparon de la sala de cine, aterrados ante la llegada del tren de los hermanos Lumière. Lo cual formula la pregunta: ¿dónde están los límites?

Para algunos, está en la muerte de Glenn en The Walking Dead, que ha sido señalada como mera pornografía, sin justificación narrativa. Argumento que queda descartado cuando tomamos en cuenta el guiño intertextual con el cómic y las características del género zombie —la calidad de la serie y del texto original puede quedar para otra discusión. Esto no cambia que las críticas mantengan cierta validez: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar todo lo que las productoras de cine y televisión nos imponen? ¿No debería existir un límite a lo que se proyecta en las pantallas?

Lo que más brilla en la discusión son las contradicciones que supone. Como advertimos arriba: si tomamos en cuenta los incontables muertos vivientes que han sido eliminados por el grupo de Rick, este no es ni de cerca el acto más violento. Hemos visto, entre muchas otras muertes de zombies, una katana atravesar la cabeza de una niña y un cráneo aplastado con la puerta de un coche.

Lo que separa estas muertes de la que vimos en el episodio de la semana pasada es evidente: el personaje asesinado no era un muerto viviente. Desde este punto de vista, la escena supera lo que habíamos visto en otras temporadas, aunque, no está de más decirlo, no por mucho. La conclusión que debemos sacar de esta distinción es que la violencia ejercida contra los cuerpos muertos —o «no-muertos», para ser precisos— parece resultar menos impactante para el espectador. Lo irónico es que los zombies son figuras claramente humanas.

The Walking Dead batió records de audiencia a nivel mundial. Existen muchos estudios sobre el tema, pero lo que se hace evidente es que la violencia, sea por razones catárticas o simplemente morbosas, sigue atrayendo la atención del público —Luis Pisonero reflexiono sobre esto, aunque centrándose en el caso de Game of Thrones. Más allá, la crítica, con todas sus contradicciones, sigue haciéndose escuchar, aunque cada vez con menos efectividad. La deshumanización de los zombies parecía dar cierta tregua a la serie. Pero la nueva temporada nos obligó a recordar que la violencia debe hacernos reaccionar. En este sentido, la víctima de los guionistas parece adquirir una relevancia dentro de la narración: recordarnos que, incluso en la distopía más violenta, repleta de cuerpos muertos e individuos tan extremos como Negan —el nuevo villano—, existe una humanidad a la que no nos atrevemos a renunciar.