Todos los que nos dedicamos a la creación artística nos enfrentamos, en algún momento u otro, a un punto muerto: las habilidades de nuestra disciplina, que más o menos controlábamos, parecen no dar más de sí, y emana la necesidad de aprender algo nuevo que nos permita seguir avanzando. Esa novedad no tiene por qué proceder de una fuente insólita en nuestro imaginario. De hecho, nunca me ha parecido el mejor momento para buscar autores y títulos desconocidos. Volver a las obras que ya hemos consumido y que nos marcaron me parece un buen método para saber hacia dónde dirigimos nuestra evolución. Si lo hemos hecho bien, esta vuelta atrás debería plantear nuevas preguntas y opiniones (además de alimentar la «filia» que algunos tenemos por los libros subrayados y llenos de notas).

A falta de una literatura fotográfica más extensa (al menos comparada con la del resto de las disciplinas) una de esas obras a las que suelo volver con periodicidad es Annie Leibovitz: life through a lens, documental que repasa la vida de la fotógrafa, a la vez que sigue el proceso de preparación de su álbum más extenso hasta la fecha. Si bien durante las primeras veces que lo veía me quedaba absorta por la calidad de sus fotografías, y la fantasía de estar presente en alguno de los sets, lo que llama ahora mi atención es el hecho de ser testigo de su método de trabajo. Durante una hora y media se desgrana el total de su proceso creativo: desde que tiene la idea para una toma hasta que decide si ésta se publicará o no.

Cualquier documental fotográfico es, en verdad, una fuente constante de aprendizaje, porque nos hace espectadores del proceso mental y físico que suponen las sesiones de fotos y, sobre todo, vemos la interacción del fotógrafo con su entorno y el trato con sus modelos. Así es como construímos nuestro propio perfil: copiando aquello que nos gusta y desechando lo que no. Gracias a este género documental podemos encontrar nuestro propio punto entre la intimidad extrema de Leibovitz y la frialdad práctica de Helmut Newton.  Por eso es importante la vuelta atrás, porque al inicio de este «corta y pega» casi todo vale. El tiempo y la experiencia son necesarios para adquirir una visión cada vez más crítica, y entender racionalmente nuestras decisiones creativas: cómo empiezan, cómo acaban, y cómo saldremos de ellas.