Los espacios para el diálogo son áreas siempre agraciadas para mí. El otro día asistí al cine foro La claqueta, que organiza Jesús de la Vega en La tabacalera. En esta pequeña sala de cine subterráneo, underground, donde largas conversaciones suelen llevarse a cabo desde viejas butacas de salas de cine ya inexistentes. Con Jesús he conversado sobre distintos realizadores, productores y trabajadores del mundo del cine. Una de las particularidades de La claqueta es que invita, y por lo tanto da voz, a personas que trabajan en todos los ámbitos del mundo del cine, y así descubrimos múltiples y distintas anécdotas y perspectivas de la mano no solo del director, sino también del sonidista, del iluminador, de los distintos técnicos que colaboran para hacer posible la obra finalizada. En esta ocasión, conocí a Antonio Mayans, y con él a un director del que ya había escuchado en repetidas ocasiones y cuya trayectoria es vastísima dentro del cine español: Jesús Franco.

Escuchar anécdotas, descubrir los largos caminos de la realización creativa y cinematográfica, conversar sobre los acercamientos de cada quien a su profesión es un ejercicio que, con la suficiente escucha, nos abre incontables caminos. Mayans cuenta lo que hay detrás de algunas escenas, ofrece otra perspectiva para contrastar lo que vemos, y pensamos en el valor de un espacio así para compartir perspectivas que, de otra forma, quizás quedan para siempre perdidas.

¿Por qué son importantes? Quizás anécdotas como estas, posiblemente triviales, no tienen sentido. Quizás podríamos pensar que solo importa la conclusión, lo digerido y finalizado. Pero yo me pregunto, entonces, ¿dónde está la diferencia, los matices, la escala de grises que nos permite coexistir, contradecirnos, cambiar de opinión y comprender al otro y a nosotros mismos?

Estamos ya más allá de la mitad del tercer ciclo del proyecto eureka, cuyo propósito principal es establecer el debate y el diálogo abierto, con todas sus potencialidades: dar un espacio a la duda para que, de ella, surjan nuevos descubrimientos, antes velados por lo aparentemente definitivo. En algunas de estas reuniones, con gente muy diferente sentada en un círculo, dispuesta a compartir su opinión en igualdad de condiciones, veo surgir en ocasiones la molestia y la incomodidad ante visiones del mundo diferentes, puntos de vista que no se esperan, no se comparten y no concuerdan. ¿No es así como podemos aprender, comprender, expandir nuestras perspectivas?

Cada tiempo busca sus iniciativas para conversar, para combatir el mensaje indudable, mainstream, que se nos repite una y otra vez y cuela dentro de nosotros sin que nos demos cuenta. Descubrí hace poco, también, una plataforma que lleva ya varios años realizando debates sociopolíticos en distintas ciudades europeas, Time to talk busca replicar estos fenómenos para crear alternativas políticas, nuevas perspectivas, paradigmas y palabras que dejen espacio para la duda, que abran una brecha por la que puedan plantearse cuestionamientos a los sistemas dominantes y con los que no siempre estamos de acuerdo.

Debatir, entonces, es una propuesta de esperanza, una propuesta para abrir espacios como brechas por las que pueda surgir la duda, los cambios, las alternativas que tanto buscamos y que no aparecen, que se presentan imposibles e irresolubles en un panorama sociopolítico en el que las cosas no cambian tanto como quisiéramos, o de la forma que quisiéramos, porque el sistema es intrincado, es autosustentable y parece blindado ante cualquier intento como una gigantesca muralla que nos separa de los otros. Pero como nos dijo Leonard Cohen, there is a crack in everything, that’s how the light gets in…