¿Se puede ser un pequeño dios sin que exista un gran dios? Para simplificarnos las cosas en este artículo, partamos del presupuesto de que, dentro de estos mundos paralelos, hay un gran creador capaz de dar vida y forma a todo lo que existe en el universo, dar orden al caos, dar sentido y propósito a lo real. Propósito. Eso es lo que nos hace humanos, ¿no? La gran pregunta se repite constantemente: ¿qué nos hace humanos? ¿Qué hace a los otros humanos?

«El poeta es un pequeño dios», afirma Huidobro en su Arte poética. El artista siempre ha querido ser un dios, crear hasta la máxima posibilidad: la vida misma. Dar vida, realmente, es el sueño del creador. Las historias se repiten incontablemente a lo largo del tiempo, sobre aquellos que supuestamente han logrado la preciada meta: dar vida a una creación, o ser capaces de controlar las palabras con tanta habilidad que pueden generar vida con ellas, no solo humana sino también natural. Buena parte de nuestros avances tecnológicos continúan aspirando a eso, aunque la inteligencia artificial está lejos de lograr todavía los resultados con los que soñamos en la ciencia ficción.

Pigmalión fue, según el antiguo mito, un rey de Chipre que, gracias a la diosa Afrodita, logró dar vida a la estatua de Galatea, que él mismo había hecho. La historia se ha visto replicada en muchas culturas, en muchas épocas, en infinidad de versiones y géneros. Primero en un sueño, y luego en la realidad, cobra vida la escultura que tiene la forma y el deseo que quería su creador. Es él quien decide por su creación.

Westworld, la nueva serie de ciencia ficción, de HBO, sucede en un parque de atracciones temático sobre el lejano oeste. Todo es posible, como en un videojuego, y las experiencias son sumamente reales: se puede matar, violar, vivir, cazar y experimentar cualquier situación dentro de las reglas del lejano oeste, con personajes-anfitriones tan reales que no podemos notar la diferencia. Estos personajes que habitan en el parque, androides especialmente creados para repetir cada día sus mismas rutinas, con un cierto margen de improvisación que les permite interactuar con los jugadores que llegan, cada día, a hacer lo que deseen, sin consecuencias para su integridad física. Son invencibles.

—Are you real?

—If you can’t tell the difference, it doesn’t matter, does it?

Westworld

Por otro lado, Ex machina es una película de ciencia ficción británica en la que un joven programador es puesto a prueba frente a un androide con una inteligencia artificial muy desarrollada. En ambos casos, nos preguntamos: ¿qué tan real es? En ambos casos hay un creador que quiere ser un pequeño dios, que quiere dar vida a seres que no solo parezcan reales, sino que lo sean para todo el mundo, incluso para ellos mismos. Tanto el programador de Westworld como el CEO de Ex machina buscan perfeccionar sus creaciones hasta el punto de que puedan engañarnos.

¿Qué es lo que nos hace reales, humanos? La búsqueda de consciencia, la capacidad de preguntarnos y de cuestionar si lo somos o no. Sentir las cosas, hacer preguntas. Salir de los moldes preestablecidos. Eso es lo que buscan estos personajes, y los de las historias de ciencia ficción contemporáneas. Les preocupa, porque también nos preocupa a nosotros mismos, porque no basta solo con aparentar humanidad. Ahora, en competencia con la cada vez creciente tecnología, requerimos mucho más: por lo menos, aparentar una consciencia. Los androides necesitan decirse a sí mismos que son humanos y sentirse convencidos de ellos. Nosotros, también.

En la ciencia ficción, es habitual que el otro sirva para hablar de algo real que no es tan ficticio como se piensa. Por extensión, entonces, que nuestros androides contemporáneos se pregunten tan seguidamente si son reales, si tienen consciencia, ¿no nos hace preguntarnos a nosotros mismos si sentimos las cosas, si preguntamos preguntas? Cuando vemos a los robots siendo reales, esforzándose por ser reales, los sentimos más verdaderos que nosotros, más vivos, más humanos?

Ahí está la representación del símbolo. Nos sustituyen, para decirnos lo mismo. Nuestra búsqueda es suya, la búsqueda de la consciencia, del conocimiento de nosotros mismos ante una cotidianidad que nos aisla y nos robotiza. No solo buscamos hacer robots que cobren consciencia y sean tan humanos como nosotros: buscamos cobrar consciencia y ser humanos nosotros mismos. No basta con ser, como un androide, una máquina con «aspecto, movimientos y algunas funciones de ser humano».

¿Qué buscan estos creadores, estos pequeños dioses? ¿Qué buscaría el gran dios, si existiese, en nosotros, sus insignificantes creaciones? Continúan transcurriendo los días en el parque de diversiones, y todavía queda mucho por ver en la nueva versión, serial, de Westworld. Seguiremos pensando en la consciencia, y en la capacidad de crear consciencia, y humanidad, en los otros.