Hace unas semanas debatíamos en proyecto eureka sobre el uso de programas de edición en la fotografía documental: dónde poner el límite y cuándo la manipulación deja de ser legítima.

Más allá de la manida idea de que toda fotografía es, por naturaleza, objeto manipulado y manipulador, uno de los puntos que de verdad quería cuestionar era, y es: si los códigos morales que han regido el género documental y periodístico deben seguir siendo los mismos que se establecieron hace casi cien años cuando el medio, y la relación del gran público con el mismo, no tenía nada que ver con la que es hoy en día. Primero porque, aunque en apariencia sigue perdurando una credibilidad informativa, la capacidad persuasiva de la fotografía ya no es ningún secreto para un espectador cada vez más consciente de la relatividad de la imagen.  Y segundo, y más importante: la sobreexposición fotográfica a la que estamos sometidos, además de habernos educado ya en un imaginario visual colectivo, anula nuestra capacidad de procesamiento explicativo. Por ello, la fotografía, sin una interpretación crítica, pierde su valor documental. Como decía McLuhan, el exceso de información termina convirtiéndose en ruido, en iconos pop (a veces muy macabros) que no tardaremos en olvidar. La tragedia está ya muy fotografiada, no necesitamos ver otra imagen bélica para imaginar la guerra, hay archivo de sobra.

La reformulación del género, que particularmente creo muy necesaria, ha de pasar por el cuestionamiento de algunas normas y dejar atrás el discurso purista. No quiero decir con esto que todo valga. La honestidad y el compromiso con el tema fotografiado deberían seguir siendo los pilares de un buen trabajo documental. Sin embargo, no sé hasta qué punto dichos pilares se van a tambalear por eliminar una figura que rompa la composición o por oscurecer una zona iluminada que no interesa siempre que no contengan información importante dentro de la escena. La «verdad» y la neutralidad no son siempre las mejores vías para comunicar un mensaje. Pensemos, por ejemplo, en el Guernica de Picasso o en los Desastres de Goya. Ambas obras son interpretaciones artísticas que han pasado a ser estudiadas como documento histórico de un acontecimiento real, sin contar siquiera con el grado de iconicidad de la fotografía.

La labor de los fotógrafos documentales y periodísticos contemporáneos es ahora más importante que nunca porque son ellos los que pueden salirse de los lugares comunes, fabricar un nuevo discurso fotográfico y redefinir este medio que tanto se resiste a los cambios.