Quizás son incontables las veces en las que la frase del joven Rimbaud, «je est un autre», ha vuelto a brotar más allá de las llamadas «Cartas del vidente», textos que en mayo de 1871 proponen una nueva razón poética, escritos a Georges Izambard y a Paul Demeny, respectivamente, y con dos días de diferencia. En ambas la frase, el desarreglo de los sentidos y la idea del poeta como vidente resuenan. Su autor parece estar, durante esos días, cobrando consciencia de un descubrimiento que será repetido incesantemente durante décadas. No es el primero: otros autores han jugado con este topos, y no será el último. Su búsqueda parece ser, en cierta forma, la búsqueda de una identidad ante un tiempo vetusto, agotado, que le resulta aburrido y desprovisto tanto de una forma como de un contenido apropiados.

Algo me resulta evidente: estoy asistiendo al parto de mi propio pensamiento: lo miro, lo escucho: aventuro un roce con el arco: la sinfonía se remueve en las profundidades, o aparece de un salto en escena.

(Carta a Paul Demeny, por Arthur Rimbaud)

Dentro de estas pequeñas iluminaciones, que luego se expanden para ramificarse y tomar mil formas distintas, existe y persiste la llamada «otredad», esa otra cara en nuestra cara, esa máscara siempre presente que nos evidencia como «un otro».

La idea del otro es extensa y profusa, difícilmente una invención de Rimbaud quien, de todas maneras, reduce con talento el conflicto entre alteridad e identidad, es posible que a su mínima expresión. Reconocer o negar al otro implica también reconocer o negar nuestra propia identidad. Pero los tiempos de Rimbaud eran muy diferentes de los nuestros, y quizás su frase se adapta mejor a nuestra era con un pequeño cambio que engloba un gigantesco giro: el de la creación del internet y las redes sociales.

Existimos como una pluralidad, con una multiplicidad de máscaras y otredades en nosotros mismos, adaptable a los diferentes públicos de cada red social, y a sus características. Podemos decir, quizás, y entonces, je sont unes autres. Nuestro yo es una conjunción de múltiples otros existiendo en compartimientos separados, expresándose a través de distintos medios, con distintos lenguajes, con distintas pautas, con la urgente necesidad de llenar el nuevo espacio global en el que nos compartimos con la humanidad (conectada, al menos). Ese Otro se disuelve en muchos otros que constituyen el yo.

Cuando empecé este artículo, con esta idea que me había rondado largamente, pensé que, con casi total seguridad, ni yo sabría expresarme: solo veo, prefigurado en ese pequeño cambio en la célebre frase de Rimbaud, una señal de nuestros tiempos, una muestra de hacia dónde aspirar con la poesía y, también, por qué no, con la creación. Ahondar en la simplicidad que ella implica, en la brecha que crea entre el yo propuesto por Rimbaud, y el nuestro, es un campo fértil sobre el que jugar y, si es necesario, desarreglar los sentidos. ¿Lo hemos pensado? ¿Quién soy yo en cada una de mis redes, en cada uno de mis rostros, públicos y privados, dando la cara al mundo? ¿En qué nos hemos convertido, y cómo podemos conocernos, cómo podemos encontrar nuestra humanidad, fragmentada y disímil entre todas estas partes que, tal vez solo todas ellas, conforman un yo multiforme? Si no me encuentran igual, quizás deba afirmar con un guiño a tiempos distantes: yo soy unos otros. Eugenio Montejo lo escribió en un verso: «me valgo de mil voces, pero pocas son mías».