Terminaba el artículo anterior diciendo que «somos lo que pensamos». El pensamiento es primordial, pero en ocasiones necesitamos también del «no-pensamiento». Necesitamos vacaciones mentales, desconectar de la inmediatez esclavizante del WhatsApp, de la disponibilidad comprometida de los emails, de la saturación de información de Facebook, Twitter e Instagram. Nos hace falta descansar de las verdades aprendidas de memoria, de las palabras ficticias y dogmáticas, de las respuestas apropiadas y la amabilidad fingida, del sentimiento de culpa y del no saber decir que no, de las justificaciones artificiosas y las expectativas utópicas. En definitiva, a veces es necesario olvidar las responsabilidades, las obligaciones, las evaluaciones, las entregas, los madrugones, los horarios, la puntualidad y la diplomacia.

De vacaciones del cansancio de estar en un mundo que sigue haciendo promesas que no cumple y se toma a cambio lo mejor que una tiene: la inteligencia de la infancia, las ganas de jugar, la capacidad de asombrarse, el amor a primera vista, la luz en la mirada.

Luisa Muraro

Inevitablemente, y en más ocasiones de las que me gustaría admitir, he sentido la necesidad de tomarme un descanso y dejar de justificar mi posición feminista. A diario recibo miradas compasivas, disgustadas e incluso apenadas. Detrás de estas últimas, imagino un pensamiento como: «qué pena de chica, tan joven y tan mona para ser una misántropa». Sí, por lo visto, las feministas odian a los hombres. No lo digo yo, lo dice el top 5 sugerido por el motor de búsqueda más poderoso —que no es más que un reflejo de sus navegantes.

las feministas

Hace unos meses, Cathy Young afirmaba en un artículo que las feministas tratan mal a los hombres, argumentando que «gran parte de la retorica feminista actual ha cruzado la línea que separa las críticas al sexismo de las críticas a los hombres». En el mismo, y partiendo de la premisa de que «la obsesión con el mal comportamiento de los hombres desvía la atención de los problemas de fondo», proponía hacer autocrítica y centrarse en increpar al sistema en vez de reprender el comportamiento personal de estos.

En respuesta a Young, un hombre feminista publicó:

Debo confesarle que en mi caso, y me consta que poco a poco es también el de otros hombres que empiezan a tener conciencia de género, el feminismo ha supuesto un redescubrimiento de mí mismo y del mundo que habito. Un feliz proceso desde el que empiezo a convertirme en una mejor persona y, en consecuencia, en una mejor pieza en el complejo puzzle que finalmente debería borrar las injusticias que continúan teniendo a las mujeres como principales víctimas. En este sentido, no puedo estar más que agradecido al feminismo y a las mujeres que cada día me enseñan a mirarme en el espejo sin tener la necesidad de verme de un tamaño doble del suyo.

Efectivamente, esos «problemas de fondo» a los que aludía la periodista norteamericana se llaman «patriarcado», y es este, y no las feministas, el que trata mal a los hombres. Es el sistema patriarcal el que ridiculiza cualquier variante a la masculinidad tradicional. Lo más peligroso es que crea una suerte de ilusión en la que los hombres parecen ser meros agentes pasivos. Claro que hay que hacer autocrítica y ser conscientes de que los agentes del sistema son tanto hombres como mujeres. Pero en ningún caso me conformo con la postura que afirma que somos agentes pasivos, que los hombres son víctimas del sistema y que las feministas son malas por señalar con el dedo aquellos casos de mal comportamiento. Detrás de esta afirmación descalificadora se halla una hábil estrategia patriarcal: desplazar el foco de atención de los responsables a las mujeres que los denuncian.

Solo el año pasado, se presentaron cerca de 130.000 denuncias por violencia de género. En los últimos cinco años, han sido cerca de un millón. Según la Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado, de las 129.292 denuncias de 2015, me gustaría destacar, ya de paso, que solo 18 fueron falsas; de las 913.118 entre 2009 y 2015, 164 denuncias falsas.

Es decir, 1 de cada 5567. Ese es el caso de «la mentirosa del pegamento», que, debido a la popularidad de la que goza en los medios de comunicación, se ve exacerbado «el mito de las denuncias falsas» y se corre el riesgo de quedar invalidado un problema muy real: la violencia que se ejerce contra la mujer. En España, existieron 112 casos de feminicidios en 2015, de los cuales 60 fueron cometidos por la pareja o la expareja. En lo que va de 2016, según cifras oficiales han ocurrido 36 asesinatos por la violencia de género, pero ciertos grupos estiman que el número real puede estar en torno a los 86, contando feminicidios familiares, íntimos, no confirmados, etc.

Recordaba en otro artículo que es tan culpable el que lo hace como el que lo permite. Por lo tanto, no caigamos en la trampa. No seamos guardianes del patriarcado, ni por acción, ni por omisión. Y sobre todo, no demonicemos el feminismo, que el problema es otro.