Si no en la torre de marfil, al creador se le supone solitario en pleno ensimismamiento, retirado en algún espacio recóndito, donde pueda ser visitado por la musa de rigor. Este tópico, recuperación renacentista antes que romántica, y muy relacionado con la revisión de la figura del melancólico que llevó a cabo Marsilio Ficino en Occidente, todavía predomina en nuestro imaginario contemporáneo. Autores nada sospechosos, como Kafka, dan pie al mantenimiento de estas teorías sobre el proceso creativo cuando afirman:

No hay necesidad de que salgas de casa. Quédate en la mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate completamente callado y solo. El mundo se te aparecerá para que lo desenmascares; no puede hacer otra cosa; en éxtasis se retorcerá ante ti.

Hay, sin embargo, quien recuerda la posibilidad contraria. Igual que se puede hallar al músico «sentado junto a su mesa, en una habitación silenciosa —casi siempre de noche, cuando los ruidos del exterior se han acallado», también «nos lo encontramos en las salas que se llenan de ruido», como exponía Étienne Souriau en el clásico La correspondencia de las artes, de 1965.

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No creo que exista una tipología de escritores en función de los espacios que buscaron para poner rienda suelta a su talento ni que tampoco estos lugares variopintos impliquen necesariamente un producto diverso. En el fondo, se trata de encontrar «un silencio interior», nos recuerda Aurora Egido en Poética del silencio en el Siglo de Oro, mediante el cual las palabras oportunas puedan ser elegidas y ordenadas bajo un mismo fin discursivo. O, para los partidarios valentinianos de una raíz mística de lo poético, una cuña topológica, un vacío, donde los vocablos sean engendrados, alcanzando su existencia a costa nuestra.

Incluso en ejemplos como la jam literaria, esa «espectacularización» de los mecanismos inventivos donde el público asiste en directo a la escritura de un autor —algo no muy alejado de las antiguas improvisaciones de trovadores y cuentacuentos—, en algún lugar del cerebro se suspende el proceso perceptivo cuando emana el torrente de la sonoridad buscadora de la materia consonántica.

Cabe pensar, por tanto, que estas posturas antiquísimas, mas no arcaicas, que revisten aún el instante creativo de cierto halo mágico, recuerdo de los chamanes en trance y de los aedos endiosados, se mantienen bien fijadas en nuestros esquemas antropológicos, aun en plena era de la «desartización».

#TaceProNobis

(Imagen: Melancolía, Durero)