¿La actitud creativa es un gesto dinámico o estático? Mientras vuelvo a preguntarme sobre un tema que me ha rondado la cabeza desde hace varios años, recuerdo que esta duda se renovó en conversación con mi compañera Alexandra Macsutovici. Al pensar en la actividad matutina de las personas, según su carácter, surgió un artículo sobre el metro. También tras dicha conversación, se volvió imperativo escribir sobre la existencia de un silencio interior en todo proceso creativo.

A camino entre ambas reflexiones, planteo aquí al lector –especialmente al que se ha visto en la tesitura sacrificada de la creatividad, no necesariamente artística—, que piense detenidamente si el movimiento le dificulta o le propicia dicha tarea. La respuesta no es fácil, pues incluso cuando se eche mano de la tradición, de las primeras ideas sobre poética en Occidente o de las confesiones autobiográficas de los románticos, la duda impera. Consideramos al creador endiosado como un ser en pleno estatismo, receptáculo de la divinidad, pero no debemos obviar que tal encuentro no se produce a ras de suelo, sino en el punto intersticial que reivindicaba Hölderlin: entre el cielo y la tierra, entre los hombres y los dioses.

A veces, para facilitar la empresa, el autoexiliado romántico se ve obligado a alejarse de los contextos urbanos tecnologizados —es decir, artificiales—, y a posicionarse en una altura que propicie la percepción sensorial, como nos recuerda el cuadro de Caspar David Friedrich o la rêverie leopardiana en «El infinito». No hay solución de continuidad entre estos ejemplos y los llamados «poemas paseo» de Machado en Campos de Castilla, com-posiciones que partieron claramente de un caminar meditativo y fecundo.

Ahora no veo tan rara cierta afición adolescente —aquellos años en los que confiaba con gran ingenuidad en mis posibilidades poéticas, tanto como en las futbolísticas— por idear algunos versos en los largos y tediosos periodos de carrera continua que ocupaban la primera parte de los entrenamientos. Antes al contrario, me ha tranquilizado saber que novelistas como Murakami o antropólogos como Le Breton consideran algo natural esto de asociar el caminar o el correr a la escritura.

La clave que enlaza dinamismo y creatividad resulta ser la explosión de consciencia implicada en ambas circunstancias. Incluso el creador que piensa sentado en su despacho no puede ser ajeno, por más que quiera, a la infinita y múltiple vibración de la existencia, desde el fluir de la sangre y la sinapsis neuronal hasta los invisibles procesos subatómicos.

La dificultad no se halla en colegir esta relación tan intuitiva, sino en lograr definir con precisión cada concepto. Llevamos más de veinticinco siglos describiendo qué es la creatividad, tantos como observando, calculando y traduciendo el movimiento. Desde los presocráticos Heráclito o Zenón hasta la física más reciente, el movimiento no ha dejado de ser, también, un «enigma», como dijeran Einstein o Infeld en The evolution of physics, seguramente porque entronca las dos principales dimensiones de la realidad: espacio y tiempo. Entre ellas ha de transitar el creador, como buen funambulista.