Esbozada en el artículo anterior la relación inextricable entre movimiento y creatividad, vasos comunicantes de un mismo ser humano, cabe considerar ahora que, precisamente, el trabajo del escritor contemporáneo y cosmopolita —ya sea poeta, periodista o investigador en alguna rama de las humanidades— se ha convertido en un trabajo en marcha.

Si bien nuestro imaginario occidental sigue siendo deudor de esa visión posromántica del poeta enajenado en su torre de marfil, que traducido a nuestros tiempos precarios sería, a lo sumo, un pobre hombre que encontrara hueco en una biblioteca no municipal o alcanzara a poseer, por gratitud del destino o del ministerio, un despacho pequeño pero curioso, lo cierto es que habitan entre nosotros, en el metro, en el tren, en las escaleras mecánicas de un centro comercial, numerosos individuos obligados al desarrollo de sus tareas de escritura.

La ciudad ha de ser reconvertida por todos aquellos novelistas, articulistas e investigadores apremiados en un enorme take away; el ruido y el ajetreo, enemigos tradicionales de los antiguos vates, han cambiado de bando —en pacto no demasiado honroso—, con el fin de que contribuyan al ejercicio general y aglutinador de la creación. No por casualidad, esos no lugares —en proceso de «re-lugarización»— que son las estaciones públicas resultan el campo de trabajo, por antonomasia, del tuitero.

Los metros se han convertido en espacios benévolos, territorios propicios para la fecundidad. Quizás los rostros denoten y connoten la literatura y el pensamiento de cada época, o quizás las sanguijuelas sociales que somos aquellos que escribimos, robemos telepáticamente palabras y sentimientos a nuestros conciudadanos. Asimismo, no se puede olvidar que el movimiento acompasado remueve las ideas dentro de nuestro cerebro, como sucede en las buenas recetas, ni tampoco que el bamboleo del vagón, el bamboleo de la vida en definitiva, nos hace vomitar textos fragmentados: a veces nuestros mejores textos.

Algunos aseguran haber descubierto incluso a doctorandos en apuros, y apretaditos entre esa multitud que acaba siempre viajando de pie en el transporte público, desarrollando el esquema definitivo para el futuro índice de su tesis. El eureka que se iluminaba en tantos labios no fue pronunciado hasta llegar una hora después a sus casas, pero confirma de nuevo que la de nuestra era es una poética del viaje.