Todos hemos pasado por esto en algún momento: decimos un chiste o un simple comentario y alguien señala que estamos siendo políticamente incorrectos. Lo cierto es que la corrección política, ese término que, si lo pensamos con cuidado, resulta bastante impreciso, parece haberse instalado en el epicentro de nuestra cultura. Nadie está a salvo. No parece extraño que la mayoría lo odie. Vemos ejemplos desde la campaña de Trump y sus seguidores hasta Clint Eastwood; el consenso general parece ser el rechazo. Nos hemos cansado, por lo visto, de una sociedad que no es capaz de aceptar, ni siquiera, un chiste.

Pero, ¿es algo que debamos rechazar? ¿Esta nueva actitud es realmente signo de alguna forma de decadencia cultural, un vicio que está carcomiendo nuestras posibilidades de expresarnos libremente?

La corrección política responde a un problema concreto de la sociedad occidental: la discriminación que existe, a veces sin que nos demos cuenta, en las maneras en que hablamos, nos expresamos y nos tratamos. Desde este punto de vista, lo que se busca es generar cierto grado de consciencia: recordar que algunas palabras, discursos y actitudes, aunque no lo sepamos, poseen una carga negativa que se ha construido a través de su historia. Visto así, no parece tan malo.

Sin embargo, de esta primera forma pasamos a otra, mucho más extrema y, hasta cierto punto, ingenua. Una forma que, incapaz de discriminar entre lo correcto y lo incorrecto, prefiere evitarse problemas y niega cualquier palabra o gesto sospechoso.

Esto se puede apreciar, sobre todo, en la comedia, que tantas veces señala las contradicciones y los estereotipos de la sociedad para reírse de ellos y, así, desmontarlos. No quiero decir que no exista comedia que discrimine, sino que muchas veces se ignoran las sutilezas que separan las formas verdaderamente discriminatorias de otras que no lo son. Parece normal, por lo tanto, que comediantes como Jerry Seinfeld sean los primeros en quejarse de la corrección política.

Un buen ejemplo de este problema fue la polémica que desató un chiste de Sarah Silverman, contado en The Conan O’Brien Show, en 2001, en el cual se utilizaba la palabra «chink», que se emplea para hablar peyorativamente de los asiaticos. Durante la discusión con Guy Aoki, quien la acusó de racista en el programa de Bill Maher, Politically Incorrect, la comediante se defiende, entre otras cosas, apelando a la diferencia que existe entre hacer chistes racistas y chistes sobre el racismo. Para Silverman, su chiste hacía sátira sobre el racismo y, por lo tanto, no lo apoyaba. Más allá de este debate —que pueden revisar aquí—, o de si el chiste era o no realmente ofensivo, el meollo del asunto está en la diferencia que ella señala.

Quince años después, parece que estamos a punto de perder la capacidad de ver esa distinción. Es cierto, parte del público no ve la diferencia y confunden un chiste sobre el racismo con uno directamente racista. Esto puede traer dos consecuencias: por un lado, los racistas podrían sentirse apoyados y, por otro, quienes son o han sido víctimas de la discriminación, sentirse ofendidos. En consecuencia, buena parte de la sociedad parece apostar por lo seguro y negar cualquier forma de discurso que se preste a confusión.

Sin embargo, y creo que este es el verdadero problema, me parece poco acertado reprobar discursos no discriminatorios porque algunos los confunden por ofensivos. Sobre todo si estos poseen un tono crítico y desmontan los estereotipos y discursos que realmente discriminan. Dicho de otro modo, si la intención es generar consciencia sobre las formas discriminatorias, es una contradicción evidente censurar a comediantes que, no solo poseen esa consciencia, sino que buscan generarla a través de sus chistes.

A pesar de que las discusiones sobre lo «políticamente correcto» giran en torno a lo ofensivo de un comentario, yo prefiero poner el acento en la discriminación. Un chiste puede ofender sin ser discriminatorio. Es más, es probable que ciertas formas de humor resulten inevitablemente ofensivas a algún grupo: la sátira suele ser incómoda, pues señala los defectos de la sociedad y a quienes participan de ellos, y la crítica no siempre es bien recibida. Sin embargo, es necesaria. Perder de vista esto nos puede llevar a otras formas de discriminación igual de perjudiciales que las que queremos evitar.

Tal como señala el título que Bill Maher dio a su show en los noventa, ser políticamente incorrecto se ha vuelto una postura necesaria: asumir una posición crítica que ponga sobre la mesa los problemas que una sociedad obsesionada con los eufemismos prefiere ignorar para evitar ofender. Estas posiciones no niegan la intención crítica que sustenta la corrección política, por el contrario, buscan traerla de vuelta.