Caminamos entre lugares comunes. Es lo sencillo. Por algo son fáciles de encontrar, por algo son comunes. Nos movemos entre lo obvio, lo repetido, lo reiterado, lo que se considera una verdad universal. Lo que ha sido dicho y escuchado tantas veces que parece incuestionable. Recordamos aquellos tiempos en los que los poetas deberían haber sido expulsados de la república platónica ideal, por ser unos meros imitadores, incapaces de hacer cosas reales, y de ahí pensamos en todos los ríos de tinta que se han escrito en relación con eso. Pues sí, resulta que el poeta queda marginado; y sí, quizás su función es precisamente esa, como dice Rafael Cadenas: ser contraste.

Lo que me intriga ahora es el problema que viene cuando el poeta se quiere llamar poeta. No es un oficio que aparezca en registro, y no es un oficio que nadie se vaya a tomar en serio como no sea, a lo sumo, para ligar en algún bar de mala muerte. Resulta que asumimos certeramente que no se puede vivir de ello, ¿cómo puede ser entonces algo más que una afición, cómo puede considerarse un oficio? No parecen importar las horas que se dediquen a ello, ni los años, la técnica o el esfuerzo. Es pedante llamarse a sí mismo así, y como mucho se puede llamar a otros.

Ser poeta implica el ridículo o la fama. Nombrarse como tal implica dejar de serlo, volverse un impostor, un creído, un arrogante que parece tener el control de las palabras, el dominio sobre la lengua. Pensaríamos que es casi menos arrogante autodenominarse dios, y ya lo hacía Huidobro. Entonces resulta que no hay poetas, o los hay pero no se llaman a sí mismos, se dicen otra cosa, se encuentran en otro oficio, porque no se puede ser solo eso. Tampoco, pensamos, si nos ponemos a comparar con otros oficios más amables para mentes platónicas, se debería ser solo médico, o carpintero, o malabarista. Somos una serie de cuestiones que nos constituyen, pero no somos solo eso. De todas formas, nadie les dice a quienes trabajan otro oficio que no son eso. Nadie se juega la dignidad por llamarse como aquello que hace, o que aspira hacer, profesionalmente. Y entonces la poesía parece ser solo un hobbie, nunca un trabajo ni una profesión; no hay diferencia entre quien quiere practicarlo seriamente y quien solo quiere arrojar unos versos al aire, escribir una mañana sobre servilletas, cantar un amor perdido.

Quizás no hay que ser poeta, para engañar a los guardias de la república platónica, quizás hay que ser contraste, hay que colarse entre historias que parezcan reales y que no, hay que decir lo que se puede ser y no lo que se es. Puede que el poeta de oficio sea solo una ilusión, solo un devenir de las palabras cuando son más que mímesis, poiesis. Son muchos quienes no lo han parecido ni lo han dicho, los escritores inesperados que han forjado las palabras a su deseo, dándoles una realidad.

El primero de diciembre se inaugura en Madrid otra exposición sobre Fernando Pessoa y su multiplicidad. Pensemos, mientras tanto, en todos los rostros de la poesía más allá de los lugares comunes que nos obligan a negar ser poetas, a decirnos aprendices, lectores, estudiosos y a engañar con una falsa humildad que no aporta nada, y que deja a la poesía aparentemente indefensa. Pensemos qué sucede cuando otros toman el oficio de poeta y se autoproclaman algo que no les interesa ser realmente. ¿Cuál es el peligro? Poemas mal construidos, ¿qué daño hacen? No somos médicos, no habrá muertos; podemos ser todos poetas, todos y ninguno. ¿Dónde se esconde la poesía?

O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

(Fernando Pessoa)