Hace unos días llegué a una librería para encontrarme, entre las recomendaciones, el libro de Roberto Bolaño que, hasta hace poco, había permanecido inédito: El espíritu de la ciencia-ficción. Apenas vi el texto recordé el debate en torno a las razones por las cuales la viuda del autor, Carolina López, cambió Anagrama por Alfaguara hace unos meses. Recordé el texto que publicó Echeverría sobre el tema. El crítico señalaba que, debajo de este cambio de editoriales, existía una venganza de la viuda. También recordé un artículo más reciente, publicado en El País, en el cual Andrew Wylie negaba dichas acusaciones. En lo personal, lo que pensé cuando supe de la decisión de López fue comprar las ediciones de bolsillo de Los detectives salvajes y 2666 antes de que la nueva editorial les subiera el precio.

Volvemos a Bolaño —el autor, el personaje, el mito; ustedes escojan—, pero, como se ha hecho costumbre, lo hacemos a través de su «vida», de su legendaria figura que todavía hoy es la obsesión de tantos estudiantes universitarios de literatura. Sus textos pasan a un segundo plano y los devenires del escritor a través del campo literario se hacen protagonistas.

Mi llegada a este autor fue bastante tardía. Mientras muchos de mis amigos se obsesionaban con él, yo le huía a sus libros porque su figura se había vuelto un lugar demasiado común en el mundo literario venezolano. En todos los niveles, esta nueva moda se imponía, generando una suerte de dogma en torno a las obras del escritor latinoamericano y canonizando su figura. Pero no se reducía a los estudiantes de literatura que compartían los pasillos universitarios conmigo, también los escritores de las nuevas generaciones parecían «inspirarse en» —o, en ocasiones, imitar, para decirlo sin eufemismos— el nuevo padre de las generaciones perdidas de Latinoamérica. Si bien no puedo decirlo con la misma seguridad, me han dicho que en España ocurrió una situación similar.

Leí Los detectives salvajes cuando ya todos lo habían hecho. Tuve que reconocer lo genial de la novela y, a medida que me acercaba a más textos de Bolaño, notaba que la calidad era constante. No es la primera vez que esto me pasa: las idealizaciones de escritores y filósofos me resultan tan poco atractivas que suelen opacar la obra que se esconde detrás de ellas.

Pero la intimidad del escritor, su vida y su lugar en el campo literario, es una moda que se ha impuesto. Cada vez parecemos más enamorados de la idea de ser escritor, y menos de la literatura, ya sea que la abordemos como creadores o como lectores. Esta situación, que no es tan novedosa, alimenta el fetichismo que sentimos por el nombre del autor, entendido como mercancía.

A quienes participamos en el mundo «cultural», desde cualquiera de sus posiciones, nos gusta pensarnos fuera del consumismo propio de la sociedad capitalista. No hay que ir a La casa del libro, ese supermercado de libros, sino a La Central o, para quienes son más fieles a sus posturas, a esa tiendita que nadie conoce donde mi amigo el librero, esa figura paradójica que representa mejor que nadie el cruce del mercantilismo y la cultura,  sabe qué libros recomendarme. Sin embargo, casos como el de Bolaño, en el cual intervienen problemas económicos, culturales y hasta personales —siguiendo a Echeverría— nos devuelven a una cruda realidad: el campo del arte se rige, casi siempre, por las mismas leyes del mercado que desprecian quienes participan en él. Asimismo, el interés en un nombre, un autor o una marca —en estas situaciones parecen ser lo mismo—  se vuelve la justificación fetichista del valor de una mercancía.

A pesar de lo que afirma Wylie, no se puede negar el carácter publicitario —intencional o no— que han tenido estas discusiones sobre el cambio de editores. La nueva editorial, cuyo interés extremadamente comercial no es ningún secreto, siempre ha puesto su mirada en la figura de Bolaño, más que en su obra. Esto lo podemos ver en la inclusión de las reproducciones de los cuadernos de anotaciones del autor en las nuevas ediciones de Los detectives salvajes y 2666. Con este tipo de acciones se busca despertar el interés de quienes idolatran la leyenda del autor—a veces relegando su obra a un segundo plano. Se convierten en el signo de la «fetichización» de este escritor, al mismo tiempo que se vuelven el dolor de cabeza para quienes lo estudian. Yo, en cambio, solo puedo volver a pensar en que debería comprar las ediciones de Anagrama, mucho más baratas que las de Alfaguara, antes de que desaparezcan de las librerías.