Preparando el último debate del proyecto eureka sobre fotografía de moda, me topé por primera vez con Albert Elm. Mi objetivo era encontrar sexo bien fotografiado para contrastarlo con la imagen que la publicidad pretende dar del mismo, tan vulgar como relamida.

Sin ser explícitamente sexuales, el color, la luz dura y los cuerpos de sus fotografías están cargados de tensión. Aunque su trabajo conceptual se mueve entre lo documental y lo artístico, el lenguaje visual tiene una fuerte influencia de lo publicitario, sin que esto llegue a invadir del todo sus imágenes. No solo porque estas tienen una apariencia que remite a lo instantáneo sino, también, porque la carga moral dista mucho de la mayoría de las campañas que usan el sexo como herramienta publicitaria.

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Es complicado fotografiar algo tan íntimo como la sexualidad sin caer en lugares comunes. Ha sido tan estereotipada por la industria pornográfica y publicitaria que se ha convertido en un terreno ficticio y, paradójicamente, ha disfrazado de liberación y desinhibición unas pautas que no motivan al autodescubrimiento, porque los roles ya están de sobra repartidos: dominante y dominada. Y aunque sea la mujer la que recibe el trato más vejatorio, no puedo resistirme a resaltar lo opresor que resulta también para el hombre el papel que se le ha asignado: cumplir una expectativa viril, con un cuerpo biológicamente imperfecto como única herramienta.

Desde luego son muchos los fotógrafos que trabajan la sexualidad desde una perspectiva más real, pero lamentablemente no son ellos los que conforman la educación y la cultura popular. Al final, son el eterno punto de vista alternativo frente a los gigantes publicitarios. El mensaje contemporáneo del sexo termina siendo esto:

Terry Richardson, sexo mal.

Terry Richardson, sexo mal.

Si son las imágenes las que nos están educando por encima de cualquier otro medio, las fotografías de Jesús Llaría, Nan Goldin o Ed van der Elsken entre otros, deberían formar parte del imaginario sexual colectivo, porque muestran la carnalidad sin complejos. Nos recuerdan que los cuerpos cuelgan y el vello crece, por mucha guerra que se le quiera declarar. No hablan del sexo como algo impoluto, lo retratan  sucio, a veces incluso un poco ridículo, pero con una mirada propia y un fondo auténticamente libre.

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Jesús Llaría

Nan Goldin

Nan Goldin

Ed van der Elsken

Ed van der Elsken