Como parte de la exposición que comenzó en octubre, la Fundación Canal ha proyectado estas semanas el documental Robert Doisneau: through the lens (Le révolté du merveilleux) dirigido por la nieta del fotógrafo, Clémentine Deroudille. Aunque no relataba mucha información que no conociera ya (no por escasez de guión, por mera «filia» es uno de los autores en los que más he profundizado) no dejaba de tener su encanto verle trabajar, percatarse de sus gestos, su relación con la cámara y comprender su teoría fotográfica explicada por él mismo.

Con un cierto halo de idealización familiar y  romanticismo —el mismo que impregnaba sus fotografías de París—, quizás lo más interesante del documental sea precisamente la parte contraria: los momentos de desmitificación. Doisneau jugó al despiste intentando hacer creer que se tomaba el trabajo como un juego, al que había llegado por azar. Nada más lejos de la verdad. Como un buen alumno aventajado, supo aparentar fácil lo difícil, con unos conocimientos técnicos y teóricos mucho más complejos que la inicial sencillez de sus imágenes, que incluso convencieron a (la durísima) Susan Sontag. Todo ello revestido con una sonrisa inocente y un discurso verbal más bien escaso.

Forman también parte de esa «desromantización» sus fotografías en color (al menos las expuestas hasta la fecha). No solo es Doisneau fuera de París y el costumbrismo europeo, sobre todo es Doisneau alejado de las clases trabajadoras, entre las que tan cómodamente se mueve, para introducirse en ranchos y estaciones turísticas de lujo; un mundo distante que, sin perder su característico sentido del humor, no puede retratar sino de manera mucho más ajena. Salvando la diferencia generacional, podríamos confundir algunas de estas fotografías con las imágenes de Martin Parr, aunque el trabajo del segundo tenga una intención crítica mucho más definida.

En cierto modo es inevitable reducir un autor a una serie de obras más o menos icónicas, pero, posiblemente por la saturación que éstas provocan, siempre terminan resultándome más interesantes los descartes. Todo aquello que se salga del estilo habitual de un autor también nos habla de él, de sus intentos por salir de lo que ya conoce para entender y crear otros puntos de vista, con mejor o peor resultado. Exposiciones como la de Doisneau —o Capa en color, ahora en el Círculo de Bellas Artes—amplían el espectro del artista y nos ayudan a formar una idea más completa y real de su manera de entender el mundo, así como por qué decidieron hacer lo que hacían.