Existen en todas las ciudades, tanto grandes como crecientes, espacios no urbanizados que han sido condenados al abandono por las autoridades gubernamentales. Al igual que esos pequeños islotes que en el mar quedan rodeados por las aguas inmensas, los solares suponen reductos contra los que rompen las olas de la civilización.

La ciudad es un cuerpo vivo en expansión pero nunca omnipotentemente controlado. En su colonización imperfecta del territorio no humano a veces deja resquicios; piénsese en el juego infantil de volcar un vaso sobre el mantel y contemplar cómo el agua derramada se expande entre la ley científica y lo desigual, en cómo aparecen aberturas en la corriente improvisada, mientras el curso prosigue, según el caudal que lo mane, buscando una dirección y olvidando aquello que deja atrás. Del mismo modo, toda ciudad cuenta con huecos donde sobreviven vestigios de un tiempo anterior.

He escuchado a algunos arquitectos decir que el solar no edificado constituye un fracaso urbanístico, un proyecto inacabado de la urbe. Estoy convencido de que se refieren especialmente a aquellos contextos de nueva planificación urbanística en donde el contraste entre las edificaciones recién construidas y estos pequeños territorios baldíos es notorio a la vista. A cualquier caminante le puede quedar esta sensación de descuido e inconclusión: frente a —y en medio de— la modernidad, el cálculo y la «incipiencia» de esos nuevos brotes arquitectónicos y humanos, lo irreparable, lo caótico y lo dado. Quien no haya sufrido esta sensación o no vive en una ciudad o no ha jugado al Simcity.

No obstante, no es cierto que el solar genere en todas las ocasiones una especie de horror vacui en el ciudadano, pues, con el pragmatismo característico de todo superviviente, este sabe aprovechar o esquivar los espacios del día a día. El solar es territorio comanche cuando se regresa a casa a altas horas de madrugada y ciénaga indeseable en los días de lluvia; pero también sirve de atajo cuando tenemos prisa, alivia al conductor desesperado en busca de aparcamiento, concede algo de libertad a nuestros animales domésticos, puede ser reconvertido como territorio inmenso de juegos para los niños y supone un soplo de naturaleza no medida y sabiamente aprovechada por multitud de invertebrados y aves. Estos y otros muchos ejemplos demuestran que, antes que yermo, el solar constituye un oasis donde, además, se puede poner a prueba nuestra creatividad, algo difícil en metrópolis concebidas, como las más penosas fronteras, a golpe de escuadra y cartabón.

Salvando las excepciones de los tiempos de crisis, donde solar rima con quiebra, habría que preguntarse si, con esta concepción de ciudad ilimitada tendente a la dilatación continua —que ha llevado a algunos incluso a proponer un proyecto para crear una mega-ciudad que uniese Madrid con Valencia— no hemos de considerar que el verdadero proyecto inacabado no es el solar, sino la ciudad misma. Entender una ciudad sin límites es ponerla a la altura de los cementerios; fijar unas limitaciones estrictas, por el contrario, parece también otro absurdo, utópico o totalitario, pues resulta imposible o inmoral ejercer un control demográfico que asegure su orden; mientras que aceptar lo incompleto de cada ciudad puede llevar al equilibrio entre necesidad y naturaleza.