Hace unos días, la amaestradora que atiende a uno de nuestros «perretes», recogido del borde de una carretera, sentenció que el pobre animal manifiesta una conducta alterada, especialmente con sus congéneres, porque sufre una fuerte inseguridad. El comportamiento observado no era, por tanto, síntoma de una agresividad inherente a su naturaleza, sino prueba del miedo ante situaciones extrañas e inesperadas —la aparición de otro perro, la irrupción de un ciclista o un coche, etc.— que interpreta como potencialmente peligrosas para su manada. El ladrido, antes que resultar un recurso de defensa o amenaza, emerge como proyección de un mensaje sonoro potente —y hasta cierto punto involuntario— que transmite una información sencilla y clara: estoy asustado y se lo hago saber al mundo.

Enseguida lo puse en consonancia con tres expresiones, esta vez de indignación, que había vivido en las últimas semanas: la de unos viajeros de tren que se vieron obligados a soportar uno de esos retrasos tan cotidianos; la de unos futboleros en un campo —de cuyo nombre no voy a acordarme— ante el juego dubitativo y poco profundo de su equipo; y la de un conjunto de ciudadanos que se arremolinaron frente a la sede de un partido político. La analogía realizada es, por supuesto, sensu lato, pero ofrecía una pauta similar: aunque esta vez como símbolo de protesta, la ejecución de un ruido a veces no verbalizado.

Desde el silbido o el alarido, ambas formas prelingüísticas, a la articulación de un lenguaje contaminado por la exasperación y, por ello, casi ininteligible, los viajeros, espectadores e indignados emplearon diversas manifestaciones del ruido. Muchas de ellas están tácitamente registradas por la cultura según la situación. Incluso, en algunos casos, se conocen modos propios dependiendo del deporte, la disciplina artística o el contexto social. Me hubiera resultado extraño que los indignados del tren silbaran al conductor o pidieran su dimisión, pero eligieron algo más acorde a las circunstancias, aunque igualmente reprobable: una vez que al otro lado del compartimento no encontraron una respuesta satisfactoria, un par de señoras aporrearon enérgicamente la puerta antes de abandonar el vagón.

No voy a decir ahora que todos estos individuos sean como mi perro —y mucho menos que sean mejores que mi perro— pero sí que en ciertas situaciones límite se cruzan las actitudes humanas y animales. Me pregunto si muchos de los accesos de ira en los que acabamos estallando con ademanes ruidosos, muchos de los momentos en que recurrimos al grito, al insulto y aun a la violencia física, se deben explicar como resorte del estrés, la desesperanza o la indignación, o demuestran cierta inseguridad personal que cubre el fondo de nuestras conciencias, hasta el punto de anegar otras posibilidades menos estentóreas y, por ello, más cívicas. Que el lector juzgue, ya que mi perro no puede hacerlo, las razones por las que rebosa su vaso.

(Imagen: Edvard Munch, El grito)