Since I was a child, I’ve always loved a good story.

Dr. Ford (Westworld)

 

He venido aquí a hablar de Westworld, la nueva gran serie de televisión de HBO, y por extensión, de nuestra consciencia y la de las series de televisión. Los androides, creados para entretener a los humanos, comienzan a plantearse su propia consciencia. ¿Con libre albedrío o sin él, son programados o pueden ir más allá de lo que está escrito? Las referencias no son nuevas, vuelven constantemente a Shakespeare y a otros grandes creadores. Las preguntas que nos hacemos al verlos luchar contra su rutina son preguntas que podríamos encontrar también en nuestras rutinas.

Los personajes, como humanos, encuentran dentro del parque de atracciones distintas líneas narrativas que representan un mayor o menor reto: hay algo para seducir a cada uno de los participantes. Westworld está meticulosamente construida en sus diez capítulos, y se permite analizarse a sí misma como narrativa, nos muestra líneas temporales diferentes, y estructura dentro de sí misma series de posibilidades para descubrir e imaginar sobre ellas y sobre nosotros como espectadores.

No nos sorprende demasiado que muchas de las teorías sobre la historia se resolviesen como «parecía que iban a hacerlo»; no siento en la serie solo el giro inesperado e injustificado, sino una propuesta para que miremos con detenimiento, desde el vestuario hasta el tema en cuestión: la consciencia, la humanidad. ¿Quién es el androide, ese otro, que busca liberarse de lo que le es dado para pensar y decidir por sí mismo? La ciencia ficción parte de un presupuesto en el que todo aquello que parece todavía lejano se refiere también a nuestro presente, a lo que nos inquieta hoy, con sus particulares características. No son solo ellos; somos nosotros, también buscando cobrar consciencia.

Como los androides que, en un parque de atracciones plagado de personalidades más o menos simples, se comienzan a plantear otras preguntas dentro de las repeticiones, Westworld hace lo mismo con las series de televisión y sus estructuras. Las series, siendo series, evolucionan, cambian y desarrollan sus posibilidades narrativas. Ayuda mucho el apoyo de los grandes canales que están invirtiendo en estos procesos creativos. De las miles de series que se están desarrollando constantemente, algunas de ellas comienzan a plantearse más elaboradas, con atributos propios. Se desarrollan las actuaciones, los personajes, las referencias y la construcción cinematográfica, todo en relación con nuestras inquietudes contemporáneas.

Aunque ha pasado tan poco tiempo desde que terminó la primera temporada, me atrevo a decir desde ahora que Westworld representará un punto de quiebre en las narrativas de televisión, mucho más que sus predecesoras directas, y que Game of thrones, la otra serie gigantesca de HBO. ¿Por qué? El trabajo de los actores, la unidad de imagen, guión, música, estilo narrativo, e incluso metaficción, queda resuelta en una serie que es sostenible por sí misma, que se atreve a tomarse tiempo en los primeros capítulos para presentar un mundo que luego desarrollará, constituyéndose en una continuidad cerrada en sí misma, y abierta a muchas posibilidades. Mientras otras series recientes han buscado antes hacer eso sin lograrlo del todo, Westworld se ha arriesgado a plantearnos un conjunto de cuestiones sobre su estructura y la nuestra: no es solo preguntarnos qué nos hace humanos, sino también preguntar a las series televisivas: ¿qué las hace series?

Nos constituyen las historias, las narraciones del doctor Ford interpretado por Anthony Hopkins, que retan de igual manera a humanos y androides, que los obligan a cuestionarse sus diferencias y que se definen no por la respuesta y el giro, sino por la pregunta que sale de la pantalla para repetirse en nosotros. ¿Verdaderas o falsas? ¿Recuerdos implantados, modificados o nítidos? Si no es nuestra consciencia y nuestra capacidad de decidir más allá de lo que nos han dado a lo largo de la vida, ¿qué más nos hace humanos? Parece ser que, cuando ahondamos en ese laberinto que termina en nosotros mismos, descubrimos que en las preguntas está otra vez lo que somos, lo que nos constituye como ser(i)es conscientes de nuestra existencia. Todavía queda un largo camino, pero los puntos de quiebre son importantes.

La reflexión sobre Westworld no me invita a cuestionar los detalles en la trama, o a sorprenderme por algo que quizás podíamos ver venir. Si lo veíamos venir, quizás es porque la historia está constituida para ello; ¿y si lo importante, en vez de sorprendernos, fuese que nos veamos en la sorpresa a nosotros mismos, explorando las distintas líneas narrativas del mundo que nos han planteado? Algunos en la simple cotidianidad del pueblo; otros yendo lejos, muy lejos, hasta los límites del parque, solo para darnos cuenta de que la aventura nos lleva a nosotros mismos.