El título del artículo es más que una provocación. Reconozco que este tipo de afirmaciones altisonantes resulta demasiado pretencioso, sobre todo porque parece absurdo poseer el conocimiento necesario para hacerlas sin dejar lugar para dudas: haber visto todas las películas estrenadas y conocer todos los estándares estéticos, culturales y económicos para juzgarlas; y, además, tener la capacidad para saber cuál de estos estándares es el esencial para determinar la calidad de cualquier filme.

Pero en el espíritu de la película escrita, entre otros, por Seth Rogen y Evan Goldberg, y apelando a esa frivolidad navideña que nos permite decir cualquier cosa sin que tenga mayores consecuencias después de la Nochevieja, me atreveré a sugerirlo y, no solo esto, también a defenderlo: Sausage party es la mejor película de este año.

Lo he dicho varias veces desde que la vi y siempre me encuentro con caras de escepticismo por parte de quienes no la han visto, o comentarios de incredulidad por quienes sí lo hicieron. El filme no parecerá extraño a quienes estén familiarizados con el cine de Rogen: las referencias al mundo stoner, el lenguaje vulgar y el contenido grotesco no serán nuevos para el fan del actor. ¿Cómo olvidar la famosa imagen de Knocked up (2007), inédita hasta entonces en este tipo de comedias románticas, en la que vemos cómo la cabeza de un bebé empieza a asomarse por la vagina de su madre?

Este tipo de humor suele ser tildado de absurdo, ridículo e, incluso, infantil. Con estos juicios categóricos la mayor parte del público, intelectual o no, rechaza estas películas. Las reducen, sin pensarlo dos veces, a puro entretenimiento, ni siquiera bueno, que algunos prefieren ignorar. Pero hay mucho más que esto en el cine grotesco que Rogen y Goldberg nos presentan en su nueva producción.

Para empezar, podemos volver sobre esa palabra que he usado dos veces: grotesco. No es un término que escojo por capricho. Lo hago pensando en la definición que Bajtín utiliza para hablar de la obra de Rabelais. Quien conozca la teoría del ruso, podrá darse cuenta de cómo Sausage party bebe de una corriente estética que no es nada nueva. Pensemos en los elementos que señala Bajtín: el cuerpo grotesco nunca está terminado, siempre está en proceso; es penetrado por otros cuerpos, a la vez que él penetra; asimismo, no podemos olvidar las comilonas hasta hinchar la barriga, las borracheras y las golpizas. No pretendo resumir toda la teoría en tan poco espacio, pero si no perciben la relación entre estas características y la película que nos ocupa, es porque todavía no la han visto.

Lo más importante es que lo grotesco está ahí para desafiar el orden oficial. En esto, Sausage party resulta una película ejemplar. Porque, siguiendo con las frases hiperbólicas, no creo haber visto una película más subversiva en mucho tiempo. La historia es un cuestionamiento absoluto del status quo: se desmonta la religión, la política, los prejuicios en torno al sexo y al género, las ideas tradicionales del amor. Nadie se salva: la ironía es absoluta, la risa destruye todo. Para decirlo con Bajtín, todo es rebajado y, por lo tanto, igualado. En este sentido, la escena final, que nos presenta una orgía (literalmente), es la ruptura definitiva con cualquier forma de decencia que el orden oficial desea imponer. La efectividad de la secuencia se hace evidente en el rechazo y la confusión que tantas personas han manifestado frente a ella. Aun así, los guionistas van más lejos, pues en un guiño metaficcional la película cierra reconociendo su propia artificialidad y se reconoce producto de un par de mentes enfermas.

Es probable que los cinéfilos más obsesos hayan visto esa otra película de un director que nadie conoce, que es más disruptiva y de mayor calidad que Sausage party. No me atrevería a quitarles la razón. Sin embargo, incluso en esto, la película representa una subversión: no solo surge en el seno del cine de Hollywood, principal promotor de uno de los discursos oficiales, sino que se presenta como una película de animación e imita los códigos del cine infantil o familiar. La parodia adquiere un nuevo matiz. Lo genial de este filme, lo que lo hace brillar, es su capacidad para desafiar al espectador, tanto al intelectual como al que solo va al cine por pasar el rato. Incomoda, y lo hace para cuestionar los valores oficiales de una sociedad que es, en sí misma, bastante incómoda. Y lo hace a través de la risa. Es ahí, en su capacidad subversiva, donde veo la grandeza de Sausage party.