There’s nothing new because the culture is soaked in nostalgia

[No hay nada nuevo porque la cultura esta empapada en nostalgia]

Fran Lebowitz

Hace un mes fui al cine a ver el nuevo spin-off de La guerra de las galaxias: Rogue One: a Star Wars Story. Como si no fuera suficiente ver una película cuyo interés central se encuentra en los guiños que hace a una película estrenada hace casi treinta años, se anunció, antes del inicio del filme, la nueva entrega de los X-men (Logan) y el tercer reboot del hombre araña (Spider-man: Homecoming). Me resultó inevitable pensar que formo parte de la generación que ha pasado toda su vida viendo las mismas películas.

No hay nada nada nuevo en esta reflexión. Sin embargo, tampoco es una novedad que el cine y la televisión norteamericanos se alimenten de su pasado para tratar de revivir viejos éxitos. Por esto, no puedo dejar de preguntarme qué diferencia el uso de esta estrategia en las últimas décadas de su implementación previa.

Inevitablemente salen a relucir los puntos más superficiales. Primero, la cantidad de remakes, reboots y secuelas se ha multiplicado. Segundo, y más importante, la calidad ha aumentado considerablemente. Cuando era pequeño, y aunque había excepciones importantes como The Godfather Part II (1975) o The Empire Strikes Back (1980), era normal pensar que las secuelas no llegaran al nivel de sus antecesoras. Hoy, esto ha cambiado: basta con mirar la saga de The Avengers para darnos cuenta de que sus mejores producciones son las más recientes. No solo esto, sino que este tipo de series son pensadas en conjunto.

Esto no se reduce al cine. Netflix es una de las compañías que más se ha alimentado de esta nostalgia. Aunque los casos más evidentes son las renovaciones que han hecho de viejas series, como Fuller House y Gilmore Girls: A Year in the Life, ambas estrenadas el año que acaba de terminar, no podemos perder de vista que una de sus producciones originales más exitosa también apela al pasado de la cultura pop: Stranger Things (2016). También HBO se suma a este juego: Westworld (2016), a pesar de la nueva historia, no deja de ser un remake de la película de 1973. Y para ir un poco más lejos, no podemos olvidar que este año Nintendo produjo una edición limitada de su consola clásica, la NES.

Hay algo más que puro interés comercial o pereza creativa en esto. Si bien es indiscutible que estas son algunas de las razones —y de las más importantes—, creo que hay otras más profundas y que a veces pasamos por alto. Sobre todo, creo que esta nostalgia es un síntoma.

Es normal escuchar a la gente renegar del pensamiento posmoderno, pues el relativismo que lo caracteriza en ocasiones nos deja completamente desprotegidos y, supuestamente, nos transforma en cínicos incapaces de construir algo con sentido. Resulta irónico que en esa búsqueda de algún fundamento, se haya terminado apelando a la nostalgia que, para tantos, ha caracterizado a la posmodernidad.

Sin embargo, hay una diferencia importante en esta nueva melancolía pop. Nuestro miedo ante la incertidumbre que genera el relativismo posmoderno nos ha llevado a volver a las formas tradicionales que, más allá de su carácter cuestionable, nos otorgan cierta estabilidad. Somos una generación de conservadores que miramos constantemente al pasado como a un lugar perdido al que debemos volver. La música y la moda son vintage, las series y las películas son nostálgicas. La constante producción de remakes, reboots y secuelas es solo una expresión más de esto.

En A poetics of posmodernism, Linda Hutcheon insiste en que esta forma de arte no es nostálgica, sino autorreflexiva. El relativismo moral, así como el escepticismo que caracteriza a la posmodernidad, si bien pueden resultar incómodos, no dejan de mostrar su necesidad cuando pensamos en el absolutismo al que nos llevaron las formas de pensamiento previo. La nostalgia barata en la que ha devenido la posmodernidad, sin embargo, no tiene nada que ver con la autoconsciencia histórica de la que ha surgido. El arte posmoderno cuestiona, mientras que series como Stranger Things o la nueva saga de Star Wars no. Este tipo de producciones responden a una generación que no deja de decir que «antes las cosas eran mejores». Parece, como dijo Fran Lebowitz, que estamos ahogados en nuestra propia nostalgia.