a S.R.

Un día, hace ya muchos días, conocí a una persona que tenía la capacidad (y la persistencia) para transformar toda anécdota, por ínfima que fuera, en una gran historia. La estiraba, moldeaba y alteraba como considerara necesario para que resultase histriónica y asombrosa. Seamos más o menos conscientes de esto, todos estructuramos la realidad con nuestras palabras, con nuestro tono y nuestros matices. Por eso, cuando se lee con atención, otros pueden encontrar palabras, estructuras, ideas que se repiten en nuestro discurso y que también permean el discurso de otros (de tanto persistir). Por esto sucede que cuando leemos a alguien y nos volcamos luego al papel, algún deje suyo nos acompaña, y cuando la visión del mundo (vasto Weltanschauung) de alguien es muy fuerte, se expande y siembra en (nos)otros.

Ahora, las historias siempre han tenido estructuras básicas que funcionan bien, sobre las que partimos para construir cualquier posibilidad. Vladimir Propp publicó en 1928 su Morfología del cuento en la que estudiaba las funciones que se repetían en los cuentos de hadas populares, estableciendo 31 puntos recurrentes en todos ellos, y con los que es posible generar una infinidad de historias (hasta el punto que existen generadores automáticos de historias con estas características). Contar historias es, pues, conocer —consciente o inconscientemente— los puntos determinantes para desarrollarlas, y elegir una forma de hacerlo para transmitir lo que queremos. Estos rasgos pueden estudiarse, reconocerse y explotarse en el mismo momento que se lee (o escucha) una historia, una vez se conocen con el justo detenimiento, y son los mismos sobre los que se crean historias de gran complejidad, buscando la manera de innovar dentro de sus posibilidades.

Pienso en esta persona que conocí, contador de historias, y recuerdo la forma en la que utilizaba la dramatización como herramienta para atraer la atención, en la exageración como recurso para calar más en nuestra mente. Una suma entre narración y descripción de los acontecimientos le permitía polarizar la conversación con historias cada vez más increíbles pero que, en cierto punto, pactábamos verosímiles. No las creíamos, quizás, como reales, pero las aceptábamos como parte de este personaje que, él mismo, se hacía narrador de sus hazañas, se constituía a sí mismo en ellas y en lo que contaba.

Por otro lado, está claro que el tono de certeza aumenta la verosimilitud. Es algo difícil de determinar, pero fácilmente perceptible, cuando la voz de alguien nos transmite la confianza de que saben de lo que hablan, aunque no sea así, y de que su historia está sustentada, argumentada y bien narrada. Todos hemos oído alguna vez sobre los personajes históricos con voz cautivadora. Y aún así, buena parte de la historia se construye con nuestra imaginación, porque aunque nos fijemos en lo que se dice, esto ocupa menos espacio que el vacío que queda para que nuestra mente rellene. Como la mancha de texto en la página en blanco, el espacio entre las letras y las palabras, el espacio alrededor de todo: lo obviamos, pero la realidad de las historias se constituye también así, inconscientemente completando los espacios vacíos.

Nuestra percepción ayuda a que veamos más completa la realidad que nos propone el narrador, mientras este convive con las historias que crea, recrea y repite; nosotros, al escucharlas, percibimos que el mundo cobra verosimilitud en su coherencia. ¿Será posible que una historia contada mil veces se haga, entonces, realidad? El sueño del creador es, siempre, que sus palabras —que sus obras— cobren vida por sí mismas. Contamos historias para darle forma al mundo que ha pasado, en mayor y menor escala. Mientras más podemos comprender todas las capas de aquel que narra historias, y de las historias narradas, mejor podemos comprendernos humanamente, mejor podemos encontrar lo que realmente quieren decir los discursos, grandes y pequeños. Eso es lo que cuenta, y es un buen propósito de año nuevo: no solo leer más, leer mejor.