¿Qué les pasa a nuestros jóvenes? No respetan a sus mayores, desobedecen a sus padres. Ignoran las leyes. Hacen disturbios en las calles inflamadas con pensamientos salvajes. Su moralidad decae. ¿Qué será de ellos?

Platón

 

Con esta cita me gustaría reflexionar sobre el papel que juega la adolescencia en el mundo de la cultura hoy en día y de cómo creadores y educadores tienen un compromiso con ellos.

La adolescencia es ese espacio en blanco, esa búsqueda de la identidad frente a un espejo roto en el que uno ya no se reconoce. Está llena de dolor, marcada por la falta de horizontes y la incomprensión.

El pasado lunes asistí al encuentro de Los lunes con voz, espacio de debate que organiza el laboratorio Rivas Cherif para los profesionales de las artes escénicas. El marco era la presentación de #Malditos16, texto creado bajo el proyecto «escritos en escena». Esta pieza teatral aborda sin tapujos el suicidio adolescente; nace de la rabia y el amor por contar el dolor invisible de historias reales dejadas al margen de una sociedad que todavía lo ve como tabú. Los jóvenes actores del elenco: Pablo Bejar, Andrea Dueso, Manuel Moya y Paula Muñoz, escenificaron en primicia una de las escenas, compartieron con el público su experiencia durante el proceso de creación de la obra y su conexión con esa adolescencia que no desaparece. Durante el coloquio, creadores como el dramaturgo Fernando J. Lopez, el director Quino Falero, el director y dramaturgo José Padilla, la novelista Mónica Rodriguez, y el director artístico de La Joven Compañía, David Peralto, sacaban a la palestra la necesidad de que la cultura escuche a los adolescentes y se preocupe por darles cabida.

Educadores y creadores, más que debatir, llegaron al consenso de que la cultura nos permite luchar contra el desequilibrio. El arte nos abre los ojos, nos hace más libres y nos brinda la oportunidad de ensayar nuestras emociones. Es una herramienta para conocernos y construirnos como individuos. Cuando vamos al teatro, al cine o leemos un libro, no salimos indemnes; vemos una «ficción» que tiene la capacidad de poner en juego nuestra emoción.

Pessoa decía que «la literatura existe porque el mundo no basta».

¿Por qué marginar, entonces, a toda una generación que no es solo el futuro, sino también la realidad de nuestro presente? Y cuando no se la margina, es tratada con condescendencia, mermando su capacidad de respuesta ante la vida. «El tratamiento que se le da a las piezas de temática juvenil es de género menor», recordaba la novelista Mónica Rodríguez.

No es necesario descafeinar nada para ellos. Al fin y al cabo, la búsqueda de la identidad, la sexualidad, el poder y las pasiones terrenales no atiende a edades. La educación en valores, de la que tanto nos quejamos que carece nuestra juventud, no tiene reflejo en donde apoyarse.

La creación de obras y espacios donde se sientan identificados, en el panorama nacional, es casi inexistente. Las instituciones privadas no están interesadas en ellos ya que no obtienen rentabilidad de este tipo de público. Por otro lado, las iniciativas públicas, capaces de asumir este riesgo y de desplegar los medios para construir una red sólida entre la administración y los distintos ministerios, muestran indiferencia y letargo ante el esfuerzo que supone llevarlo a cabo. Todo esto evidencia la incomunicación entre generaciones, y la carencia de un  «nosotros» en donde apoyarnos como país.

Las cosas que no se ven, no se pueden combatir. Ante esta realidad, el teatro tiene el compromiso de dar voz a las vidas que no se cuentan; tiene que romper estigmas, ser utópico, rebelde, vehemente, crítico e inconformista. En definitiva, ser adolescente.