El 17 de diciembre del año pasado se estrenó el último episodio de Shūmatsu no Izetta (Izetta: la última bruja, 2016). En la serie se construye un mundo alternativo que no deja de guardar relación con el nuestro: la historia ocurre en 1939, durante una guerra mundial que, sin duda, busca reflejar el segundo gran conflicto bélico del siglo XX. Si bien no hay ninguna mención de los nazis, la guerra es iniciada por el imperio alemán y la historia comienza en el momento de la invasión al país ficcional de Eylstadt, donde viven las protagonistas: Izetta y Finé, princesa del pequeño reino.

En este universo, han existido brujas capaces de manipular a voluntad cualquier objeto que toquen. Izetta, tal como se señala en el título, es la última de este clan y, por su afecto a la princesa, decide participar en el conflicto para tratar de evitar la invasión alemana. Sin embargo, no es la primera vez que la magia es utilizada para defender el reino: según cuenta una leyenda, existió una «bruja blanca» que también colaboró con la realeza.

El compromiso de Izetta es con Finé, quien, cuando eran niñas, la defendió de unos aldeanos que la atacaron por ser bruja. Existe entre ellas una relación romántica que es central en la serie. Pero esto no cambia que la protagonista se comprometa con la nación que defiende, no solo por la princesa sino también por la gente que la habita.

Así, esta serie repite una fórmula que los fans del anime conocemos bien: un país pequeño, pero noble, que está siendo atacado por otro mucho más grande, embriagado por su propio poder. De la misma manera, la princesa es otro prototipo bien definido: la líder abnegada, que se preocupa por su pueblo y que en ningún momento falta a su responsabilidad.

Lo más interesante, desde este punto de vista, es la relación de Izetta con su propia condición. La «brujería» la convierte en algo más que una excluida: la magia es lo más cercano que hay en este universo a las armas de destrucción masiva. Se perfila como un poder inigualable, que no es comprendido completamente, al que todas las naciones temen. No es de extrañar que, cuando aparecen las bombas atómicas en la serie, solo pueden ser impulsadas con magia.

Que los japoneses dialogan con uno de sus más grandes traumas históricos a través de la cultura, dentro de la que podemos incluir los mangas y el anime, no es una sorpresa. Quienes crecimos viendo Dragon Ball Z, vimos en más de una ocasión explosiones masivas que destruían ciudades enteras y hasta planetas, sin mencionar algún que otro hongo atómico. Shūmatsu no Izetta vuelve sobre este tema y lo aborda desde una perspectiva peculiar: no son los villanos quienes poseen, al inicio, el poder de las brujas, sino los héroes que, en un momento desesperado, no dudan en utilizarlo. Esto representa un conflicto individual para Izetta, ya que su abuela le advirtió que nunca debía usar sus habilidades y, además, le dijo que la legendaria bruja blanca era una traidora a las de su tipo. Entender por qué se debe usar este poder y la historia que lo precede es el verdadero conflicto de la protagonista, que desea ayudar a Finé y a su país, pero que eventualmente se da cuenta del peligro que su propia existencia implica.

El final de la serie llevará este conflicto al extremo, obligando a ambas protagonistas a poner sus intereses personales a un lado. En resumen, los demás países temen, y con razón, que exista la magia, incluso si está del lado de los héroes. Si bien este es un tema que no es extraño al cómic y los superhéroes occidentales, la aproximación de Izetta refleja la consciencia de un país que ha sufrido, en carne propia, los peores efectos de las armas de destrucción masiva.