En esta entrada quiero compartir con vosotros lo que ha sido para mí un descubrimiento, como profesional del medio, y un deleite, como espectadora. El pasado sábado asistí a la penúltima función de Our town, de Thornton Wilder, dirigida por Gabriel Olivares y puesta en pie por la compañía Teatro Lab.

El público, dispuesto a cuatro bandas, presenció cómo la compañía invadía el espacio vacío de la sala mientras nos acercaba la vida cotidiana de Grover’s Corners, un pueblo del este de los Estados Unidos. Our  town  es fundamental para entender la poética del tiempo que nos plantea el dramaturgo americano. Estrenada en 1938, ganadora del premio Pulitzer y representada en infinidad de países, nos recuerda sutilmente que la felicidad está en los instantes más simples de nuestra existencia.

Lo que más llamó mi atención de la puesta en escena fue el trabajo coral de los personajes. Los protagonistas quedaban diluidos en pro del mecanismo de la función, de todo el elenco. Estamos habituados a montajes en donde unos protagonistas trazan la historia y unos personajes secundarios, o incluso corales, la apoyan. Este no era el caso. Cada integrante aguantaba el peso de la acción dramática como si de un partido de balonmano se tratase. La destreza del movimiento en el espacio —tanto de los actores como de los pequeños módulos—, la calidad de las atmósferas creadas, un espacio sonoro e iluminación sugerentes, un vestuario neutro y atemporal (bastante acertado), nos permitían imaginar cada uno de los detalles de esa pequeña aldea. Paco, espectador y actor, destacaba a la salida del teatro que «es arriesgado hacer un planteamiento así de desnudo para un texto clásico. Pero precisamente, permite jugar con el tema de la obra, hablar de una dimensión “extracotidiana”: la historia del pueblo contada por un narrador atemporal. La obra de Wilder ofrece una mirada, moderna para su época, sobre el concepto del tiempo y la percepción que tenemos de él».

Gabriel Olivares dirige el Teatro Lab, en el que se plantea un entrenamiento y una investigación que entiende el teatro como un arte colectivo en el que se exploran las técnicas y disciplinas desarrolladas por Anne Bogart con su compañía SITI Company. Esta obra ha sido montada desde dichos principios, destacando el trabajo sobre Viewpoints (puntos de vista escénicos), técnica basada en la composición del movimiento y el gesto según la intuición de lo que ocurre en cada momento en el escenario; y el Suzuki (una rigurosa disciplina de entrenamiento teatral que tiene influencias del ballet, del teatro tradicional japonés y griego, de las artes marciales y del flamenco).

Precisamente este entrenamiento se puede apreciar en el trabajo de escucha entre los actores y la limpieza de sus acciones. Con mucha precisión todos están creando y contando, todos son la comunidad.

En un tiempo en el que es difícil ver encima de un escenario a más de cuatro actores, y casi impensable sostener un elenco de 13 en una obra, nos encontramos ante la excepción que confirma la regla. Este montaje, con dos temporadas en cartel y candidatura a los Max, es toda una lección de interpretación y un trabajo de elenco.