God save the Queen

We mean it, man

[Dios salve a la Reina

Lo decimos en serio]

-The Sex Pistols

Llego un poco tarde a la discusión, pero el premio a la mejor serie dramática que se le otorgó en los Golden Globes 2017 —que me instó, lo confieso, a ver la serie— justifica esta vuelta a The Crown (2016). La calidad de la serie es indiscutible; con una producción impecable, un guion bien escrito y unas actuaciones impresionantes (pienso, sobre todo, en el Winston Churchill de John Lithgow), el galardón parece quedar más que justificado.

Aunque esto pueda disonar a los fans de Stranger Things, Westworld o Game of Thrones, por nombrar algunas, no quiero discutir si otra de las otras nominadas merecía salir victoriosa de los Golden Globes antes que The Crown. Sin embargo, sí podemos hacer una observación objetiva: en Hollywood, el tema histórico otorga relevancia. La crítica, y sobre todo los premios, parecen inclinarse constantemente hacia las historias «basadas en hechos reales», como si contar una «verdad» diera más importancia a una producción.

En este caso, además, esta cualidad ha sido razón de polémica: no tardaron en hacerse escuchar voces que criticaban cómo los conflictos de la realeza eran reducidos a problemas de telenovela. Resulta difícil rebatir este argumento, el drama se centra en los problemas sentimentales de los personajes y, en especial, en el choque de la vida personal de la Reina Isabel II —su rol como esposa, madre, hermana—  con sus deberes con el país.

El gran problema, en mi opinión, no está en cómo el enfoque de la serie trivializa la vida de la realeza inglesa. En cambio, veo más cuestionable la manera en que los personajes son usados para reflexionar sobre la relación entre el pueblo y la Corona. Los conflictos de la protagonista siempre decantan hacia la misma resolución: ella, como reina, cumple su deber, aunque implique un grandísimo sacrificio personal. Su labor en el reino, su carácter de símbolo, se muestra en toda su complejidad. Se construye así, no solo una justificación de la monarquía, sino también una apología a un personaje, todavía vivo, al que no le han faltado polémicas y críticas.

The Crown no se encuentra sola en esta labor de propaganda ideológica. The Queen (2006) y Diana (2013) son algunos de los ejemplos que podemos citar. Pero fue The King’s Speech (2010) la película en la que no pude dejar de pensar mientras veía los diez episodios de la serie de Netflix. Entre otras razones, por la relación de ambos protagonistas (Jorge VI e Isabel II) y, en consecuencia, de las dos historias. La ganadora del Oscar del 2010 supera con mucho a The Crown, al compaginar de manera más efectiva el conflicto del personaje central con los acontecimientos históricos que vivió: la superación de su desafío en la escena final sirve para motivar al pueblo británico ante la II Guerra Mundial. El sentido de urgencia, por otro lado, está mejor construido. En consecuencia, resulta inevitable empatizar con el rey. Esto también es gracias, en buena medida, a la actuación de Colin Firth.

No es que la actuación de Claire Foy sea mala —por el contrario— o que el guion no logre sacar a relucir los complejos conflictos que el personaje tiene que enfrentar. En lo que sí falla es en sintonizar esos conflictos con los problemas políticos que atraviesa el país. El tema de las colonias, por ejemplo, resulta casi anecdótico al lado del drama sentimental de la Princesa Margarita. Si bien podemos entender la relevancia moral que tiene dicho romance en este contexto, resulta frívolo frente a la venida abajo del imperio y a los reclamos de las colonias británicas.

Cuando llegamos al encuentro entre Anthony Eden (Jeremy Northam) y el líder árabe Abdel Nasser (Amir Boutrous), el posicionamiento del discurso resulta demasiado evidente. La construcción maniqueísta del egipcio, descrito condescendientemente por el primer ministro, hace evidente el carácter apologético de la serie, su cualidad de propaganda pro-monárquica y occidentalista. Las inconformidades de los países árabes son retratadas como un extremismo incapaz de dialogar con el refinamiento de los políticos británicos. Que se dé, además, mayor relevancia al romance de la Princesa Margarita y al matrimonio de la reina, hace el discurso todavía más difícil de tragar.

Si desconectamos la ficción de la historia en que se sustenta, resulta inevitable reconocer la calidad de la producción. En otras palabras, como narración, la serie está muy bien construida. Esa es una de las razones por las que este tipo de discursos resultan peligrosos: su efectividad se encuentra en su capacidad de desconectar al público de la complejidad histórica para idealizar, consecuentemente, figuras y discursos. No deja de ser irónico, por lo tanto, que se enfatice su carácter histórico: es esta contradicción la que hace realmente compleja a The Crown.